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¿Lealtad a quién?
Oaxaca, Oax., 26 de febrero de 2012 (Quadratín).-Es evidente que la sociedad se compone de diversos grupos humanos que expresan la diversidad económica, cultural e ideológica de la misma, sin embargo, la democracia electoral ha intentado desvanecer esta concepción social bajo el rubro de la construcción del concepto de ciudadanía. Los teóricos de la democracia opinan que la acción electoral será en relación con los ciudadanos y no con los grupos y clases sociales. Esta posición teórica trae como consecuencia diversos aspectos que determinan la acción política, así los antiguos partidos de clases o que buscaban la representación de las clases, tales como los partidos obreros, los partidos defensores de las clases pudientes etcétera, hoy busquen representar una entelequia llamada ciudadanía.
Asimismo, al desvanecer las diferencias sociales, los partidos políticos pierden identidad ideológica, convirtiéndose en partidos cacha todo, por esa razón, en las democracias consolidadas los partidos políticos se diferencian por aspectos programáticos de gobierno más que por principios ideológicos. Sin embargo, debemos de reconocer que las sociedades se han diferenciado por diversas formas, así, desde la edad antigua las diferencias fueron a partir del sistema de castas o simplemente por el color de la piel; después tenemos las diferencias estamentales propias de la edad media, para luego llegar a la diferencia de clases de la época moderna. Entonces no es casual la expresión de Carlos Marx de que la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases.
La trampa ideológica de la internalización del concepto de ciudadanía y de su práctica en la lucha electoral, en realidad, es un enmascaramiento o una falsa conciencia de la verdadera lucha política que se deberá dar entre los diversos proyectos clasistas. De esta manera, la democracia representativa electoral se nos aparece, desde el punto de vista ideológico, como una gran farsa de las clases dominantes para dominar al conjunto de las clases dominadas, al decir esto, a muchos demócratas les puede parecer un sacrilegio hacia el nuevo fantasma que recorre el mundo, que es el fantasma de la democracia representativa.
Al desaparecer la lucha clasista en los procesos electorales y desde luego, la desaparición de los partidos socialistas, que por cierto hay que decirlo, son partidos que representan a la clase trabajadora. España es el vivo ejemplo de la lucha clasista, pues las políticas impuestas por el partido popular son en detrimento de las clases trabajadoras.
No debemos de engañarnos que la esencia de la lucha electoral es por proyectos clasistas y no por proyectos programáticos. La lucha por el control del Estado, en cuanto monopolio de la violencia legítima y del orden jurídico no debe olvidarse, que es para instrumentar las políticas, sea que signifique una lucha hacia la igualdad social, sea que busque la conservación de las diferencias de clases.
La paradoja de la democracia es que los partidos tienen una oferta electoral, que busca una cierta igualdad social para ganar los votos de los ciudadanos, sin embargo, si se conserva el carácter clasista de dominación del Estado o no se tocan sus cimientos, simple y llanamente se estará engañando al electorado pues en el sistema capitalista la desigualdad de clase es su carácter más esencial. Este proceso da como consecuencia los problemas de la gobernabilidad que recientemente está sufriendo el mundo contemporáneo.
El reconocimiento de la pluralidad social y de la diversidad de las clases de grupos que existen en su seno, es un primer paso para la construcción de un verdadero Estado democrático, pues este reconocimiento implicará que el partido que represente a los grupos mayoritarios pueda instrumentar políticas públicas que reivindiquen sus aspiraciones políticas, económicas y sociales. El engaño o la apariencia que sufren los ciudadanos en relación a los contenidos de la lucha electoral por la vía de la ciudadanización y de la desaparición de la concepción clasista requieren de grandes esfuerzos teóricos para demostrar precisamente este engaño.
Así, los ciudadanos al acudir a las urnas renuevan en ese instante su condición de dominados, alienados y sojuzgados. Un claro ejemplo de este proceso lo podemos observar en la historia de Roma cuando se permite la participación ciudadana para preservar el régimen romano.
A partir de esta tesis surgen posiciones teóricas, que muchos aduladores de la democracia representativa no quieren citar, como por ejemplo que la historia política de la humanidad en la historia de los grupos reducidos que mandan y de los grandes grupos que obedecen. Cómo no recordar la famosa expresión de Federico Nietzsche de que la política no es más que la política del pastoreo en donde el pastor conduce a su rebaño, pero ésta es otra historia que seguiremos comentando en otra ocasión, pues, hay algunos ciudadanos que observan con diáfana claridad, como Don Leonel Méndez ciudadano de Tlacolula que bajo un estricto sentido común ha entendido este proceso del mundo aparente de la democracia representativa. Desde luego, no estamos en contra de la democracia en cuanto tal, pero pugnamos por una democracia que represente a la diversidad de la sociedad y no la ilusión de un igualitarismo falso como es la construcción del concepto de ciudadano.
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