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Oaxaca, Oax. 22 de octubre de 2012 (Quadratín).-Durante la semana pasada se presentaron dos acontecimientos políticos que despertaron mi preocupación. El primero tiene que ver con los pronunciamientos que hizo el Presidente electo en Alemania de abrir PEMEX al capital privado; y el segundo encadenado al primero, respecto al desenfrenado interés del grupo parlamentario del PRI por presidir la Comisión de Energía en la Cámara de Diputados para eventualmente llevar a efecto esa pretensión.
Estos acontecimientos anuncian un cambio de planes. La premisa parece ya no ser la búsqueda de la legitimidad cuestionada mediante las primeras acciones de gobierno, ahora todo apunta a que la prioridad es continuar con la política económica imperante. Todo indica que se ven condiciones descongestionadas que dejó AMLO, y que el debilitamiento de los movimientos sociales de repulsa permiten tal cambio de estrategia, lo que a mi parecer, es una equivocación. También lo es, plantear la solución de la crisis de petróleos mexicanos a partir de importar modelos de otros lados, disimulando los verdaderos motivos que inspiran estas reformas de encargo.
A PARTIR DE… Nuestra política energética ha estado condicionada a las presiones geopolíticas externas, particularmente de los Estados Unidos de América (EUA). Dos fenómenos fueron el parte aguas: por un lado, el haber llegado al máximo de producción las reservas petroleras del vecino país del norte en los años setentas; y por el otro, el conflicto que se generó en octubre de 1973 con los principales países abastecedores de petróleo aglutinados en la Organización de Países Árabes Exportadores de Petróleo (OPEP), mismos que decidieron no exportar más petróleo a EUA por haber apoyado a Israel durante la guerra del Yom Kippur. Estos acontecimientos hicieron poner la mirada ambiciosa de los norteamericanos sobre nuestros enormes abastecimientos de petróleo que coincidieron con el descubrimiento de Cantarell. Lo que sirvió de incitación a los EUA para presionar a nuestro país a producir grandes cantidades de petróleo para satisfacer sus mayúsculas necesidades de materia prima, al grado de llevar años más tarde, a una absurda sobreproducción de crudo en 1981. Entonces como ahora, el gobierno mexicano emprendió una fuerte campaña que advertía que nos habíamos convertido en la primera potencia mundial en producción de petróleo, en el nuevo golfo pérsico, y que estábamos llamados a vender cuanto antes nuestro petróleo porque en los años venideros ya no nos iba a servir, con el disparate de que ya venían otras fuentes de energía que lo sustituirían. En síntesis, desde entonces fuimos presas de la estrategia del vecino país del norte, de estimular a que los países petroleros saquen sus barriles de petróleo al mercado, y en consecuencia, bajen los precios.
Derivado de lo anterior, es una obligación del gobierno entrante, diseñar una nueva política energética que asuma el vínculo vital que existe entre nuestro crecimiento económico y el uso del petróleo para fines internos. En vez de continuar satisfaciendo la insaciable demanda de EUA y olvidando los quehaceres domésticos. El mejor ejemplo lo tenemos en el periodo de 1939 a 1975 conocido como El Milagro Mexicano, periodo en el que México no exportó petróleo, lapso en le que nos concentramos en el mercado interno, y años en los que el gobierno no se financió a través de los ingresos petroleros, lo que permitió que creciéramos en un promedio anual de entre 6 y 6.5 por ciento. Es pertinente tomar en cuenta que durante éstas tres décadas la economía mexicana creció con un proceso creciente de participación del Estado en la actividad económica sin requerir de la inversión privada en los sectores estratégicos, y el sector privado no demandaba invertir en PEMEX porque ganaba invirtiendo en la agricultura y en la industria, sectores hoy olvidados.
Contrapuesto a lo que sucedió 4 años después y hasta la fecha. Nuestros gobiernos empezaron a exportar el crudo, desarticularon el mercado interno, la inversión extranjera se convirtió en una cuestión indispensable y no complementaria a la inversión nacional como antes, y el petróleo empezó a ser utilizado para subsanar los privilegios fiscales que el gobierno mexicano concedió a determinados políticos y empresarios. Éstos sucesos nos llevaron a la involución, a crecer apenas al 2.5 por ciento anual. Por duro que resulte reconocerlo, somos un país más tercermundista que hace treinta años, nuestra economía se sostiene de la exportación de petróleo crudo y hemos renunciado a proveer de valor agregado a está materia prima.
A la luz de estas consideraciones, sostengo que la política energética no debe continuar como hasta ahora. Estamos saqueando la riqueza nacional que no nos pertenece del todo, puesto que es un patrimonio también de las generaciones venideras; todo, para asistir la desesperación de los norteamericanos que sólo tienen reservas para los próximos 6.7 años. Según datos de la ONU la OPEP tiene el 75 por ciento de petróleo, Rusia el 14 y los países de la OCDE no tienen más que el 11 por ciento, de ahí se desprende que exportemos a EUA el 60 por ciento de la energía primaria que poseemos. Según especialistas, sino exportáramos tal cantidad de crudo, tendríamos petróleo para los próximos 25 años. Con lo que se demuestra que el problema de México no es de energía petrolera como lo sostenía la administración calderonista, sino de energía política para acabar con la lógica de corrupción y mala distribución de la riqueza que le arrebata aliento a nuestra viabilidad como nación.
Hoy más que nunca cobran vigencia los planteamientos que hacía aquella escuela de pensamiento, la Escuela de Nacionalismo Mexicano Petrolero que se proponía promover la transformación del petróleo por la vía de la petroquímica; de agregarle valor a un barril, de cambiar la mediocre visión de conformarse con obtener dólares en la venta de crudo, en vez de producir centenares de productos de ese barril. Aún estamos a tiempo de rectificar el camino.
Abogado, economista y periodista.
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