
Detienen en Tuxtepec a presunto jefe regional de grupo delictivo
Durante tres semanas, la elección brasileña pareció resuelta. Flávio Bolsonaro había obtenido 47.03 por ciento de los votos, aventajaba a Lula por más de dos millones y podía recibir buena parte del apoyo de los candidatos eliminados que en su mayoría eran consercadores. La suma favorecía a la derecha. El 25 de octubre ocurrió lo contrario. Lula alcanzó 51.79 por ciento, reunió cerca de 64.3 millones de votos y se convirtió en el primer candidato de la democracia brasileña que gana la Presidencia después de quedar en segundo lugar en la primera vuelta.
Sería un error interpretar el resultado como una conversión ideológica de Brasil. Casi 60 millones de personas votaron por el hijo de Jair Bolsonaro. La derecha conserva una presencia considerable en el Congreso y el bolsonarismo mantiene apoyos en sectores empresariales y religiosos. Lula ganó en un país dividido, no en un país reconciliado. Precisamente por eso su victoria importa. Detuvo una corriente política que había cuestionado las elecciones, acosado a los tribunales y justificado el asalto a las instituciones.
En muchas democracias comienza a aceptarse una explicación demasiado cómoda. La inseguridad económica genera resentimiento y ese resentimiento se entrega a gobiernos autoritarios de derecha. La repetición del fenómeno ha terminado por presentarlo como una ley inevitable. Brasil introdujo una duda saludable. El descontento no tiene una orientación política predeterminada. Depende de quién consiga explicarlo, de los responsables que señale y de las posibilidades de acción que ofrezca.
El origen de ese malestar puede observarse en la distribución de la riqueza. Un estudio sobre el mercado bursátil estadounidense encontró que entre 1952 y 1988 el crecimiento de la economía explicó prácticamente todo el aumento del valor de las acciones. Por el contrario, entre 1989 y 2017 explicó apenas una cuarta parte. En el otro lado, cerca de 40 por ciento de las ganancias provino de un reparto del ingreso que favoreció a los accionistas frente a los trabajadores. Mientras los activos se apreciaban, numerosos salarios perdían terreno y el crédito ocupaba el lugar de los ingresos insuficientes.
Esa transformación no explica todos los problemas económicos, pero ayuda a entender una experiencia compartida por millones de personas. La economía crece y, pese a ello la vida cotidiana se vuelve más incierta. Quien posee empresas, acciones o inmuebles participa en la revaluación de sus activos. Quien vive de su salario es cada vez más pobre y trabaja dentro de la misma economía sin recibir una parte equivalente de sus beneficios.
La extrema derecha entra en esa grieta y modifica el mapa de responsabilidades. Acepta que el trabajador ha perdido algo, confirma su sensación de abandono y después le entrega un culpable. El enojo deja de dirigirse contra la concentración económica y cae sobre el migrante, las minorías o las familias que reciben ayuda pública. La pobreza termina atribuida a otros pobres. Los grandes propietarios salen de escena sin tener que defenderse.
El paso siguiente consiste en presentar los controles democráticos como refugios de una élite hostil. Los jueces conspiran, la prensa miente y las autoridades electorales traicionan al pueblo. Poco a poco, los límites al poder adquieren apariencia de abuso. El neofascismo contemporáneo puede convivir con las urnas mientras reduce la independencia de las instituciones que hacen posible la alternancia. Mantiene la fachada y altera el edificio por dentro.
La izquierda contribuyó a su propio debilitamiento cuando abandonó la discusión económica. Defendió con razón las instituciones, aunque durante años tuvo poco que decir sobre la pérdida salarial, la deuda de los hogares y la concentración empresarial. Ofreció administrar con mayor competencia un orden que muchas personas consideraban injusto. Para una familia que no llega a fin de mes, la eficiencia administrativa resulta una promesa bastante modesta.
Lula devolvió a la contienda una pregunta elemental. ¿Para quién trabaja el gobierno? Desde enero de 2026, quienes ganan hasta cinco mil reales mensuales quedaron exentos del impuesto sobre la renta. Los ingresos más altos comenzaron a realizar una aportación adicional. La medida tiene un alcance limitado frente a la desigualdad de Brasil, pero vuelve visible una decisión política. Millones de trabajadores pagan menos porque quienes tienen mayor capacidad económica pagan más.
Esa respuesta material necesitaba una estrategia capaz de circular fuera de los espacios tradicionales. Después de la primera vuelta, André Janones asumió una función central en la campaña digital. El canal de WhatsApp Exército do Lula superó los diez millones de seguidores. Su verdadero valor apareció cuando esa multitud recibió tareas concretas. Los simpatizantes difundieron materiales, conversaron con personas cercanas y llevaron la movilización a sus comunidades. Dejaron de esperar instrucciones como público de una campaña y comenzaron a actuar dentro de ella.
El canal cuenta únicamente una parte de la remontada. La abstención disminuyó, el transporte gratuito facilitó la participación y la estructura territorial del Partido de los Trabajadores volvió a funcionar. También pesaron los errores de Flávio Bolsonaro y el temor de votantes moderados ante otra embestida contra las instituciones. WhatsApp sirvió porque había personas organizadas en las calles. Sin esa conexión, diez millones de seguidores habrían producido una cifra impresionante pero quizá muy pocos votos adicionales.
La experiencia brasileña permite mirar de otra manera a la oligarquía digital. Las plataformas deciden el acceso a las audiencias, cambian sus algoritmos sin explicación y obligan a los partidos a pagar para comunicarse con ciudadanos que alguna vez los siguieron voluntariamente. Una porción creciente de la conversación pública ocurre dentro de espacios privados. La campaña de Lula utilizó uno de ellos, aunque logró formar una red que podía actuar fuera de la pantalla. No venció al algoritmo. Consiguió depender un poco menos de él.
Pix ofrece una lección distinta. Este sistema de pagos instantáneos, creado por el Banco Central de Brasil, procesó cerca de 80 mil millones de operaciones durante 2025. Las personas pueden utilizarlo gratuitamente y los pequeños comercios pagan mucho menos que en las redes tradicionales de tarjetas (Visa y Master Card). Estados Unidos lo consideró perjudicial para sus empresas de pagos. El reclamo terminó revelando el tamaño del negocio amenazado.
Pix modificó la competencia sin prohibir tarjetas ni expulsar compañías. Creó un camino por el que el dinero podía circular sin pagar los peajes habituales. A veces el poder de una corporación se reduce cuando una regla le impone límites. Otras veces basta con construir un servicio mejor que permita prescindir de ella. Brasil hizo esto último y millones de usuarios tomaron la decisión por sí mismos.
Tampoco conviene convertir la victoria en leyenda. Lula gobernará frente a una oposición poderosa y con un Congreso adverso. El sector agroindustrial conserva una enorme influencia. Lo mismo ocurre con las iglesias evangélicas y los grandes intereses financieros. El bolsonarismo perdió la elección, pero sus causas sociales permanecen. Si el nuevo gobierno fracasa, la derecha tendrá nuevamente material para reconstruirse.
México debería observar la experiencia sin copiar sus apariencias. Un canal con millones de seguidores sirve de poco si carece de organización territorial. Un discurso sobre la justicia pierde fuerza cuando no produce cambios reconocibles en la vida diaria. También necesitamos discutir nuestra dependencia de las empresas que controlan los pagos y la circulación de información. Una parte de la soberanía contemporánea se juega dentro de infraestructuras que casi nunca vemos, aunque las utilicemos todos los días.
Brasil no aseguró el futuro de la izquierda. Hizo algo más concreto. Impidió que una derrota probable se convirtiera en destino. Lula logró que millones de ciudadanos volvieran a sentirse necesarios en una elección que parecía perdida. El poder económico sigue ahí y el neofascismo también. Desde el domingo sabemos que ninguno de los dos es inevitable.