OAXACA, Oax. 27 de agosto de 2019.- El humo se ha llevado la luz, el viento las estridentes flores de las jacarandas.

Trepado en el campanario de la iglesia miro al Sol intensamente morado burlándose de mí; fue el Sol el que se tragó las flores moradas que tanto amo.

Pienso: el Sol es un perro que se traga las flores moradas de las jacarandas.

De niño pensaba que el Sol comía girasoles.

Mi padre sembró dos hectáreas de girasol en el campo.

Cuando le llevaba el taco a mi padre, yo jugaba a ser pirinola. Giraba, primero lento y poco a poco aumentaba la velocidad hasta caer mareado.
Durante mis vueltas miraba mi rostro burlándose del sol quien como un demente tragaba y tragaba girasoles.

En eso consistía el juego: en avergonzar al sol, lo miraba hincharse, como se hinchan las vacas cuando se empajan por comer hierba caliente, lo miraba reventar y yo me burlaba.

El Sol reventaba de tanto girasol que se había zampado.

La tarde me sofoca y me hace toser.

La bruma casi se toca, escurre del cielo como escurre la neblina del monte en el Puerto la Soledad.

El Puerto la Soledad está en la sierra mazateca y es mi lugar favorito para soñar y sentirme tocado por la belleza.

El día que ustedes sueñen bucear en un mar de niebla, entenderán mi obsesión por el Puerto la Soledad.

Pienso en Ámsterdam, porque recuerdo el mar de niebla en el Puerto la Soledad.

La primera vez que pensé en Ámsterdam era un niño. Vi perder a Holanda contra Argentina, en un partido de fútbol.

El locutor del radio hablaba y hablaba de la naranja mecánica. Yo me sabía de memoria las capitales de los países de Europa y cada que el locutor mencionaba la palabra Holanda yo pensaba en Ámsterdam.

Una naranja luminosa, un sol naranja en torno al cual giraban las otras capitales, Madrid, Roma, París…

Europa era para mi otro planeta, más bien un sistema planetario girando alrededor de Ámsterdam.

Esa tarde Buenos Aires derrotó a Ámsterdam 3 a 1.

Volví a pensar en Ámsterdam, muchos años después, en el cine de Chapingo: la noche que vi Alsino y el Cóndor de Miguel Littín.

En esos tiempos estaba enamorado de la revolución de los poetas. Ernesto Cardenal era mi pastor y yo repartía papeletas clandestinas.

Para Alsino, Ámsterdam era la palabra mágica, para mí, Ámsterdam era utopía, el reino de Cocijoeza en algún punto del futuro.

Hace cuatro años en una noche de naufragio, Ámsterdam retornó a mis entrañas para quemarme la piel.

Era mayo, escribí:

Ámsterdam está a la mitad de tu espalda
mis labios lo saben,
justo ahí.
Mi mano derecha sonríe y me convierto en náufrago,
justo ahí, a la mitad del océano,
entre tus piernas.
Ámsterdam.
Creemos que debemos mirarnos a los ojos,
pensamos hallar tierra firme mirándonos a los ojos,
y encontramos olas,
olas y olas,
gritamos,
ronroneamos,
lloramos,
la voz se va
justo ahí.
Un monte con pan, miel y tulipanes para los dos.

El gris inunda la ciudad, el autobús urbano en el que viajo huele a humedad, comida, desesperanza y a esa flor que en Oaxaca le llamamos cartucho, en otros lugares les dicen alcatraces.

La mayoría de los pasajeros están entre dormidos y despiertos, pareciera que los pasajeros nos dirigimos a un velorio, el chofer del autobús urbano lleva prendido el radio a un volumen muy alto.

Suena una canción popular: esperé mucho tiempo pa ver si cambiabas y tú ni me miras, al principio dijiste que ya que vinieran las nieves de enero…
“Las nieves de enero”, que está de moda es un reproche a Dios. Un Dios cruel, un Dios que abandona.

Creo que vamos al velorio de Dios, la canción, los rostros de la gente, los olores, el gris me hacen pensar que vamos al velorio de Dios.

Quiero gritar como Alsino: Áms-Ter-dam…
Gritar y volar.

Viene a mi mente el amor de Van Gogh por Gauguin. Su ansiedad por pasar el verano con él, su desesperación por no sentirse amado.

Quería pintarlo desnudo en un campo de girasoles, poseerlo.
No le importa la mujer del bar, le importa Gauguin.

Theo lo sabe y guardará el secreto, Gauguin es un sol en la cabeza de Van Gogh.

La luz gris de la ciudad se ha transformado, ahora todo es oscuro.

El autobús apesta a perfume de cartuchos y pareciera que está entrando a un túnel, un sopor nos invade, nos intoxica, estamos llegando al lugar del velorio.

Dios nos espera tendido en una pieza.

Busco en el morral mi navaja de muelle y la despliego: tomo mi oreja izquierda con la mano izquierda, acercó la navaja.