
Cervecería Hidden Port presenta su nueva cerveza tipo Bock
(Primera parte)
Un 6 de agosto de 1967, un avión de la empresa Canadian Pacific despegaba a las diez de la noche desde la ciudad de Buenos Aires hacia un mundo desconocido que cambiaría el destino de nuestras vidas: la ciudad de Oaxaca de Juarez, estado de Oaxaca, México.
El sol de agosto en la vieja Antequera no sólo calienta; pesa, brilla y tiñe la cantera verde de un color dorado que se queda grabado en la memoria para siempre. El aire de la mañana aún conservaba el olor a tierra mojada por las lluvias del día anterior, mezclado con el aroma inconfundible a chocolate, mole y humo de leña que flotaba desde los mercados locales.
Para nuestra familia, el viaje desde las anchas avenidas de Buenos Aires hasta el sur de México supuso un giro drástico de escenario. Atrás quedaba el invierno austral, nuestra casa, abuelos, tíos y primos, nuestras escuelas y el ritmo vertical de la gran metrópoli. Mi padre, el Ing. Bruno Victorio Ferrari Bono, no llegaba como un visitante más; asumía la enorme responsabilidad de dirigir junto a Angelo A. de Tuddo, un destacado economista italiano, el Plan Oaxaca, un ambicioso proyecto integral diseñado por las Naciones Unidas a través de la FAO, para evaluar los recursos naturales, hidráulicos y trazar el futuro desarrollo del estado. El Plan Oaxaca llegó a contar con un equipo central de aproximadamente 20 expertos internacionales de distintas nacionalidades quienes, divididos por áreas estratégicas para abarcar la complejidad geográfica y económica del estado, trabajaron codo a codo en el territorio junto a un equipo técnico conformado por poco más de 30 profesionales y contrapartes mexicanas, reuniendo un grupo de planeación de primer nivel.
Llegamos a Oaxaca con valijas llenas de incertidumbre, pero también de grandes expectativas. Durante los primeros días, el campamento base fue el Hotel Mansión Imperial, ubicado majestuosamente frente al Paseo Juárez El Llano. Ahí, junto a mis hermanos compartíamos una habitación donde la energía juvenil no tardó en desbordarse. Una noche, jugando entusiasmados a las luchas, calculamos mal un movimiento y rompimos una de las patas de las camas. El pánico a los regaños paternos fue inmediato. Esa noche dormimos como pudimos y, a la mañana siguiente, con el ingenio de la supervivencia infantil, acomodamos la pata rota con cuidado milimétrico para que la cama se viera impecable y en plenitud. La suerte estuvo de nuestro lado. A los pocos minutos entró la chica de la limpieza, una joven con notable exceso de peso. Mientras organizaba el cuarto, cansada de la jornada, no tuvo mejor idea que sentarse a descansar un momento en el borde del colchón. En cuanto apoyó el trasero, la estructura se vino abajo con un golpe seco. Desde la puerta, espiábamos conteniendo la respiración y la risa, manteniendo un silencio absoluto mientras la sorprendida empleada llamaba a mantenimiento para cambiar la cama "defectuosa". Nuestra picardía y secreto quedó a salvo para siempre.
Pasada la aventura del hotel, nos mudamos definitivamente a una hermosa casa nueva en la Colonia Reforma, marcada con el número 315 de la calle Belisario Domínguez. Aquella propiedad guardaba una historia de nostalgia española: había sido construida por Don Manuel Cuervo, un comerciante ibérico que, como tantos otros en esa época, llegó a Oaxaca cobijado por un pariente para trabajar en su tienda, independizándose tiempo después abriendo su propio negocio. Don Manuel falleció antes de poder habitar su obra. Su viuda, Doña Raquel, sumida en el duelo junto a su hijo Manuel —quien después se convertiría en amigo y compañero de colegio de mi hermano Bruno—, se negaba rotundamente a habitarla o prestarla. Al Ing. Ferrari Bono, mi papá, le tomó un buen tiempo y mucha diplomacia convencerla de que se la rentara y se convirtiera ese lugar en el cálido hogar de los argentinos que habían llegado a Oaxaca.
La casa pronto cobró una vida fascinante, decorada con muebles del mercado, cosas que íbamos encontrando en lugares perdidos y artesanías de todo tipo. Poco a poco fue transformándose en un permanente y vibrante punto de encuentro para las tertulias culturales de la ciudad. Las noches transcurrían entre poetas, escritores, pintores, artesanos, dramaturgos, intelectuales, juegos artificiales y hasta la naciente ola hippie de la época, tejiendo la mejor bohemia nocturna oaxaqueña. Con frecuencia, el silencio de la noche se interrumpía de golpe cuando la Estudiantina de la Universidad Benito Juárez aparecía de imprevisto bajo la luz de las estrellas para regalar sus melodías. Para acompañar cualquier momento de esparcimiento y festividad, en la casa nunca faltaban los cacahuates, los refrescos de sabor o alguna cerveza bien fría.
Por esa sala y jardines desfilaron una constelación de personajes inolvidables de la historia de Oaxaca que marcaron nuestra juventud. Llegaba la joven diputada Martita Pazos junto a su esposo Fito Morales,—quien años más tarde se convertiría en notario—; Fito estaba dotado de un brazo de pitcheo espectacular y fue él junto con otro gran beisbolista apodado el Mariachi, quien con enorme paciencia nos introdujo en el conocimiento y el amor absoluto por el "Rey de los Deportes". También nos visitaba Alejandro de Jesús Ramírez, cariñosamente conocido como "Chuchín", quien se convirtió en nuestro preceptor y guía de estudios para que pudiéramos revalidar las materias de Historia, Geografía y Educación Cívica de México que nos exigia la Secretaria de Educación Publica. A las charlas se sumaban Guillermo García Manzano, el maestro Carlos Rosas, la destacada periodista Arcelia Yáñiz, el renombrado dramaturgo Héctor Azar, Everardo Ramírez Bohórquez, entonces director de ceremonial del estado y Juanita Gleason con su hija Betty destacada promotora, coleccionista y comerciante de arte popular mexicano.
Incluso las máximas autoridades se rendían ante la hospitalidad de los Ferrari: era común contar con la presencia de Doña María Luisa de la Peña, esposa del entonces gobernador Rodolfo Brena Torres, el presidente municipal Alberto Canseco Ruiz, de Darío Quero célebre director y pieza clave del Museo Arqueológico de Mitla, Monseñor Ernesto Corripio Ahumada, obispo en ese entonces de Oaxaca. La lista de amigos entrañables es interminable y me permito recordar a Conchita Muro, don Joaquin Velazquez Cuervo las hermanas Lila y Elsa Iturribarría, Julieta Candiani, Asunción y el doctor Gómez Morales, Rossy y el químico oriundo de Pichucalco Carlos Córdova y tantos otros que se quedaron grabados con cariño en el lienzo de la memoria. En ese entorno vibrante, no tardaron en llegar mis primeros y más entrañables amigos de colegio, aquellos que me hicieron sentir a Oaxaca como mi verdadero hogar: Ricardo Graf, Luis Miguel Sainz, Victor Manuel Kuri, los Zorrilla, los hermanos Felipe y Manolo Zardain de allá por el rumbo de San Felipe del Agua, Luis Fernández del Campo (el pajarraco) y los integrantes de la conocida y querida familia Harp Iturribarria (Antonio, Luis Alberto, Lilita, Flor y la entonces beba en brazos Susana, hoy celebre cantante y senadora). Con todos ellos compartí las andanzas de la juventud, las confidencias y los secretos de una ciudad que nos recibía con los brazos abiertos. Por su parte mi hermano Bruno entabló una amistad que aun perdura con Alejandro Pombo y Octavio Corres, ambos hoy reconocidos médicos, así como con Celestino Alonso Álvarez entre otros. Por su parte mi hermana María Sylvina, tuvo en Mary Carmen Zardain y Doris Arnaud a sus primeras amigas de colegio.
El arraigo y el cariño mutuo con la comunidad llegaron a ser tan profundos y significativos que mis padres fueron honrados al ser elegidos como los padrinos de casamiento de Ismael Walsh, y posteriormente de una peluquera oaxaqueña, que no recuerdo su nombre, que no hablaba ni entendía ingles, pero se casó con un ciudadano americano que tampoco entendía y hablaba español. Ambos se fueron a vivir a Los Ángeles, sellando con un lazo sagrado y familiar la eterna unión de los Ferrari con los apellidos locales más queridos de la época.
Belisario Dominguez 315 por lo tanto, no sólo fue el hogar de nuestra familia, sino se convirtió en el epicentro cultural, político y afectivo donde se cruzaban las mentes más brillantes y queridas de la época.
Fue en esta casa donde se instaló también otra de las grandes pasiones familiares: la radioafición. Lo que inicialmente comenzó como un fascinante hobby, muy pronto se transformó en el medio permanente y más efectivo de comunicación con el mundo entero. Con las antenas desplegadas hacia el cielo oaxaqueño, el sintonizador de radio, los códigos y los micrófonos se volvieron la ventana diaria de la casa. Aquel equipo no solo servía para conectar con mentes e historias de los rincones más remotos del planeta, sino que funcionaba como el cordón umbilical más fiel con la entrañable Argentina, permitiéndonos saltar las limitaciones de la época y conversar de manera directa con la lejana familia.
Al poco tiempo, el paisaje urbano de la ciudad presenció un acontecimiento que causó un revuelo total: la compra y el arribo del primer Ford Mustang 1967 de color verde que llegó a Oaxaca. El auto, flamante y reluciente, que mis padres fueron a buscarlo a Laredo, Texas, la frontera con Estados Unidos pertenecía con orgullo a la familia. Ver aquel impresionante deportivo americano —con su silueta inconfundible y un tono verde aceitunado que hacía un juego poético con la mismísima cantera de la ciudad—era un espectáculo absoluto. El rugido de su motor anunciaba el paso de los Ferrari y se convirtió de inmediato en la envidia y admiración de los jóvenes de la época.
La verdadera inmersión en la cultura oaxaqueña comenzó a través de los sentidos y tuvo su bautismo de fuego culinario casi de inmediato. Aquellos primeros días fueron una revelación de sabores intensos: el aroma de los pasillos de carne con el humo del tasajo, y la cecina asándose al carbón en el mercado, el quesillo, la refrescante parada en el puesto de las famosas aguas de Doña Casilda con su inolvidable horchata con tuna, y los paseos por la Alameda saboreando las tradicionales nieves de Manolo. Sin embargo, la gran lección llegó durante una visita a una familia mexicana. Los hijos de la casa —que compartían nuestra misma edad— nos tendieron una trampa con la picardía típica de la infancia. Con la mayor naturalidad del mundo, nos ofrecieron lo que llamaron con gracia una "aceituna mexicana". Confiados y acostumbrados a la comida porteña, mordimos con ganas lo que en realidad era un chile jalapeño entero. El picor implacable e inesperado nos llegó hasta los tuétanos, desatando risas, lágrimas y caras de auxilio que rompieron el hielo para siempre. Lejos de acobardarnos tras el susto y para bajar la picazón, junto a mis hermanos Sylvina y Bruno tomamos una decisión: empezar a probar el chile de a poco, decididos a "curtirnos y conquistar por completo el paladar de nuestro nuevo hogar de la mano de la recordada Adela, una zapoteca de Juquila que acompañó nuestros días y se convirtió en la maestra cocinera y la “nana” eterna de mi hermano menor Juan Pablo.
Para abastecer y equipar la vida diaria de la familia en esta nueva etapa, pronto fuimos clientes habituales y amigos de los comercios más emblemáticos que definían el corazón comercial de la ciudad. Las vueltas obligadas nos llevaban a las emblemáticas Ferretería El Gallo, el Zorro Plateado, para conseguir cualquier herramienta, y a la indispensable tienda Hogar y Oficina de Oaxaca para ir vistiendo el nuevo entorno cotidiano. Para telas y ropa de calidad, visitábamos La Primavera, el célebre negocio propiedad de Don Antonio y Fortunato Harp y el Importador. La pasión futbolera encontró nuestro aliado perfecto en la Casa de Deportes de Don Pepe Álvarez, Pero de todos los comercios, el más entrañable fue el supermercado La Piñata, de Don Nicolás y Yasibe Pedro de Monteagudo; un rincón tan especial que mi madre, Dorita, encontró en ellos un cobijo único, adoptándolos como sus entrañables padres y sabios consejeros en su nueva vida oaxaqueña.
Llegado septiembre, y el tiempo de ir a la escuela, mi hermano Bruno se sumergió en la Preparatoria de la Universidad Benito Juárez, donde fue rapado fiel a las novatadas propias de la Prepa y hasta sufrió un navajazo de uno de los famosos “cadeneros” de la época apodado Zaachila. Mi hermana Sylvina asistió al Colegio del Verbo Encarnado y su famosa directora la madre Paloma y yo por mi parte empecé en el quinto año de primaria en el Instituto Carlos Gracida bajo la tutela del profesor Enrique Rojas, apodado cariñosamente el Mono, muy buen jugador de Basket. La rutina implicaba tomar el autobús de la ruta Colonia Reforma, que salía por la Calzada Porfirio Díaz, seguía por la Avenida Juárez , allí se subía mi entrañable amigo Luis Alberto Harp, hacía una pausa mística de media hora en el mercado central donde la gente subía con canastas rebosantes de diferentes comidas y especias, antes de continuar hacia las afueras donde se ubicaba el colegio.
Los pasillos del Instituto Carlos Gracida, del cual estuve un tiempo como medio interno, tenían un aroma particular: una mezcla de la disciplina solemne de los sacerdotes catalanes escolapios con el polvo de los campos de juego y la algarabía de una juventud que descubría el mundo. Quienes caminamos por ahí recordamos perfectamente las figuras imponentes que le daban orden a nuestras vidas. Ahí estaba el Padre Segismundo Balagué, con su mirada firme y fundacional; el Padre Font, (que posteriormente dejó los hábitos); el padre Joaquín, jovencito que acababa de llegar de España, el hermano Maravilla y los eternos y todoterrenos Padre Julián Ortiz (Taca), Chema y Vicente, personajes que parecían columnas indestructibles del colegio. Al tiempo llego el padre Manuel Arcusa Castella, apodado cariñosamente “bolillo” , quien le dio un gran impulso al deporte particularmente al beisbol y la natación.
Pero entre todas las aulas y las materias, había una tutoría que nadie olvidaba: la del profesor Carlos Castilla Márquez
Para nosotros, con esa irreverencia clásica de los estudiantes, el profesor Castilla era, simplemente, «El Plátano». Era un hombre recto, un maestro entregado a su labor de tutor, pero por encima de todo, era un apasionado empedernido del béisbol. Su vida no se entendía sin el sonido de la madera impactando la costura de cuero de una pelota. El profesor no solo nos enseñaba las lecciones del programa; nos transmitía, sin saberlo, la disciplina del diamante de juego.
Siempre que el profesor Castilla andaba por el colegio o asistía a los campos, traía consigo una sombra diminuta. Un niño de corta edad, de ojos vivaces, que apenas podía con el guante y que corría detrás de él a todas partes. La ecuación para la lógica estudiantil fue simple: si el padre era «El Plátano», el niño no podía ser otra cosa que «El Platanito».
—¡Ahí viene el Platanito con su papá! —le decíamos burlonamente cuando lo veíamos aparecer en los terrenos de juego, persiguiendo rolas e intentando batear pelotas que le doblaban el tamaño. El niño aguantaba la carrilla con una sonrisa, con esa tenacidad de quien encuentra en el juego su único y verdadero universo, siempre cobijado por el amor y la exigencia de su padre. Los años pasaron con la velocidad de una recta de noventa millas. La vida, con sus vueltas y mudanzas, nos llevó muy lejos de la verde Antequera, dispersándonos por el extranjero. Las aulas del Carlos Gracida se convirtieron en retratos borrosos de la memoria y perdimos el rastro de muchos rostros. Mucho tiempo después, ya en la distancia, las noticias de los deportes comenzaron a inundar las pantallas. Se hablaba de un mexicano que estaba destrozando la pelota en las Grandes Ligas en Estados Unidos. Un tercera base espectacular que jugaba para los Rockies de Colorado, un bateador de poder que se codeaba con los monstruos del béisbol mundial en los años noventa y cuyos cuadrangulares hacían vibrar los estadios de la MLB.
Su nombre sonaba con fuerza en todo el continente: Vinicio Castilla. «Vinny» Castilla: el orgullo de Oaxaca. Fue en ese momento, al hilar los apellidos y ver los ojos de aquel pelotero en la televisión, cuando un relámpago de nostalgia nos golpeó el pecho a los viejos alumnos del Gracida. Aquella superestrella mundial, el máximo jonronero mexicano de la historia, el ganador de Bates de Plata y seleccionado al Juego de Estrellas, no era un desconocido.
Era el niño del campo escolar. Era el pequeño que aguantaba nuestras burlas afectuosas. El famoso «Platanito» se había convertido en un gigante.
Detrás de los 320 jonrones en las Mayores y de la gloria internacional, estaba la mano firme del profesor Carlos Castilla, «El Plátano», el tutor del Carlos Gracida que supo sembrar la semilla de la grandeza en su hijo mientras nos guiaba a nosotros en las aulas. Hoy, al mirar atrás, queda el orgullo infinito de saber que compartimos patio, risas y polvaredas con una leyenda, en aquellos días felices en que el béisbol y la vida recién comenzaban.
Como buenos argentinos futboleros, con mi hermano Bruno nos inscribimos en una Liga juvenil que sorteaba sus juegos los jueves en la noche en una casona, sede de la CROC, frente a El Llano. Al principio jugamos para el Palmeiras, un equipo con camisas de color verde claro bajo la tutela del pintoresco mánager "El Gordo Santana", promotor part-time en la agencia de seguros de Jaime Zorrilla (hijo de don Alfonso Zorrilla y doña Lolo). El gordo nos llamaba “Che Araña” en relación a la canción de Cri Cri y nuestra nacionalidad. Poco después, nos independizamos, fundamos nuestro propio equipo y con camisetas blancas y rojas semejantes al Necaxa que nos donó la Comisión Federal de Electricidad, lo bautizamos River Plate, en honor a nuestra simpatía con el club de nuestra tierra, llegando a conquistar un glorioso segundo lugar en el torneo. Los partidos eran los sábados muy temprano, y el desayuno postpartido consistía en unas memorables memelas rojas y verdes preparadas en el comal de una doñita al borde de las canchas del Parque Venustiano Carranza; una dieta deportiva que hoy envidiaría el mismísimo Messi o Cristiano Ronaldo.
Los fines de semana familiares transcurrían paseando por el Zócalo, tomando algo bajo los portales del Marqués del Valle, asistiendo a la doble función del cine Oaxaca, comiendo unos Taquitos en Sierrita o unas malteadas en la nevería Bum Bum, arrullados por los compases de la Orquesta Sinfónica del Estado dirigida por el Maestro Diego Inés. También salíamos a explorar los tesoros del estado: la majestuosidad de Monte Albán, los paisajes de Etla, el mercado dominical de Tlacolula con su famosa fayuca, y Teotitlán del Valle, admirando los sarapes tejidos por la hábil familia Martínez. Cuando llegaban los tradicionales Viernes del Llano, junto a Bruno nos poníamos la gala para dar "la vuelta del perro", buscando conquistar el corazón de las chicas más lindas de la ciudad o asimilando con humor el desdén de las que no nos hacían caso. Para cerrar la semana, caminábamos hacia la farmacia Cruz Roja en el centro de la ciudad donde estaba la única caseta telefónica para llamadas internacionales, que, esperando con el corazón acelerado, nos permitía oír las voces de Buenos Aires de la familia lejana entre la estática de la línea. Eso sí, por la noche no faltaba la obligada vuelta por la Fuente de la Siete Regiones que mi hermano menor Juan Pablo, de apenas de un año, exigía como preámbulo antes de irse a dormir.
Y ya que menciono a las regiones de Oaxaca no quiero dejar pasar la Guelaguetza, esa máxima fiesta folclórica y cultural del estado que, a través de sus danzas, música y tradiciones, se convirtió para mi familia, especialmente a mi madre Dorita en esa ofrenda zapoteca de amor que la acompañó eternamente por el mundo hasta sus últimos momentos de vida.
Otra historia que siempre quedará grabada con fuego en mi memoria ocurrió el 20 de julio de 1969, el día del alunizaje del Apolo XI. En aquellos años, la señal de televisión abierta simplemente no llegaba a la ciudad de Oaxaca. Cuando los locales querían ver algún acontecimiento especial o deportivo, la única opción era viajar hasta Pueblo Nuevo, un lugar en la montaña alejado en la periferia donde una cantina, prostíbulo o cabaret, contaba con un aparato de televisión que, gracias a la altura de la serranía, lograba captar algo de señal. Para esos eventos magnos, el dueño del antro ya conocía el protocolo: cambiaba temporalmente el rubro del negocio y lo transformaba en un salón familiar para que los padres llevaran a sus hijos; las cervezas se convertían en refrescos, los pozoles en palomitas de maíz y todos disfrutaban del espectáculo en santa paz.
Para esa histórica noche de la llegada del hombre a la luna, el Instituto Politécnico Nacional había anunciado un despliegue sin precedentes: bajarían una señal especial de microondas para que las autoridades oficiales de Oaxaca pudiesen presenciar la hazaña mundial. Junto a Jaime Zorrilla hijo salimos esa tarde del Carlos Gracida con rumbo a la parada del camión que nos llevaría a casa, bajo una lluvia torrencial que desbordaba la tarde oaxaqueña. De pronto, vimos a un señor que, empapado bajo el aguacero, intentaba desesperadamente cambiar un neumático ponchado de su auto. Como buenos ciudadanos, nos acercamos a auxiliarlo y, trabajando en equipo, logramos cambiar la llanta.
Agradecido, el hombre intentó darnos una recompensa en dinero, pero con la educación y el orgullo propio de la juventud, ambos la rechazamos con la consabida frase “no es nada, solo quisimos ayudar”. Conmovido, el caballero sonrió y nos hizo una revelación que nos cambió la vida: "Soy el director del Politécnico, y ustedes son mis invitados especiales esta noche para ver el alunizaje". Y fue así como, de manera absolutamente imprevista y gratuita, dos adolescentes casi niños aún, terminamos sentados en la selecta sala oficial junto al Gobernador del Estado, el alcalde, diputados y las más altas autoridades, contemplando con los ojos abiertos de par en par cómo Neil Armstrong daba el primer paso de la humanidad sobre la superficie lunar.
Esa primera temporada, mientras el cielo oaxaqueño se cerraba con las tormentas de la tarde, nos fuimos dando cuenta que la distancia con Argentina era enorme, pero que la historia familiar ya se había entrelazado para siempre con Oaxaca y con México. Entre el secreto de la cama del hotel, las tertulias llenas de arte e intelectuales en Belisario Domínguez, los goles con la camiseta del River, la Guelaguetza, la colección de trajes regionales que iban sumándose a la colección de vestimentas de mi mamá, las vueltas del perro por El llano y el Zócalo, nieves de la Alameda, bolis, piedrazos, memelas calientes, serenatas de estudiantina y paseos familiares por la Fuente de las Siete Regiones, el suelo místico y vibrante de Oaxaca nos había adoptado. Una nueva vida para nosotros había comenzado para siempre.
Hasta el próximo capitulo………
(*) Gustavo Ferrari Wolfenson nació en Buenos Aires, Argentina, pero ha residido en México durante varias décadas. Se crio junto a su familia en Oaxaca. Es un reconocido diplomático, politólogo y consultor internacional especializado en fortalecimiento institucional, democracia, gobernabilidad y seguridad pública. Es profesor del Centro de Estudios Internacionales de la Universidad de Harvard y del ITAM México. Sus análisis son frecuentemente citados en medios académicos internacionales y de comunicación respecto a las relaciones multinacionales y el papel de la democracia en América latina.