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OAXACA, Oax. 7 de septiembre de 2025.- El arzobispo de Oaxaca, Pedro Vázquez Villalobos exhortó a que el amor a Dios se traduzca en gratitud y servicio mutuo.
Durante su mensaje dominical pidió dar gracias por el amor que otras personas tienen hacia nosotros.
Familias, esposos, hermanos y compañeros dan gracias a Dios cuando experimentan amor auténtico, expresó.
“Cuando amamos, somos felices, y Dios quiere que seamos felices”, dijo, recordando que toda alabanza y gloria pertenecen a Dios.
Como ejemplos de santidad, se refirió a Pier Giorgio y Carlo, recién canonizados en Roma, destacando su desprendimiento y su amor a la Eucaristía.
Señaló que Carlo asistía diariamente a misa y comulgaba: “Encontró en la Eucaristía su fuerza”. Celebró la alegría de sus familias presentes y animó a los jóvenes a evangelizar también en las redes: “Entren y hagan el bien”.
Aquí está el mensaje completo:
XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
HOMILÍA DE MONS. PEDRO VÁZQUEZ VILLALOBOS,
ARZOBISPO DE ANTEQUERA OAXACA
7 DE SEPTIEMBRE DEL 2025
Les agradezco su presencia en esta Iglesia Catedral, en el Santuario de la Gracia en nuestro Jubileo Peregrinos de Esperanza. Nuestra esperanza es llegar al cielo y vivir en la alegría de los justos, en la paz, en el gozo eterno. Así lo solemos pedir en favor de los que ya se fueron de este mundo para siempre. Dales Señor el descanso eterno y luzca para ellos la luz eterna, que descansen en paz. Así lo expresamos una y otra vez, cuando recordamos a nuestros difuntos, queremos que estén con Dios.
Nuestra meta final es el cielo y lo tenemos que conquistar, lo tenemos que ganar. Hoy, el Evangelio parece demasiado exigente, pero si lo pensamos sólo humanamente, pero si lo pensamos en la fe y en que no caminamos solos, no es un imposible vivir lo que dice Nuestro Señor.
Nuestro Señor no nos dice que dejemos de amar, que dejemos de amar a nuestros padres, a nuestros hermanos, a nuestros amigos, no dice que dejemos de amarlos, porque entonces, ¿en qué queda “ámense como Yo los he amado”, en qué queda? No nos está pidiendo que dejemos de amar, nos está pidiendo que el primer amor y el más grande amor es para Él, para Dios y ese es el primer mandamiento divino: “Amarás a Dios por encima de todo”. Amar a Dios sobre todas las cosas y sobre todas las personas.
Si tu amor a Dios es grande, así como lo dice Él, amarás a tu padre, a tu madre, a tus hermanos como debe de ser, como debe de ser y ellos no te van a atar y tú no les vas a negar tu amor, no te vas a volver egoísta, no vas a ser una persona que sólo piensa en él, vas a ser una persona que piensa en Dios y que, en su entorno, tiene que manifestar el amor a Dios: “maestro, ¿cuál es el primero y más grande de los mandamientos?”, le preguntaron un día a Nuestro Señor. El primero es amar a Dios con todo tu ser, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y amar a tu prójimo como a ti mismo, amar a tu prójimo.
Si crece su amor a Dios, va a crecer también el amor al prójimo y lo va a amar así como lo quiere Nuestro Señor. La preferencia es para Él, el primero que tiene que ser amado es Dios y usted va amar a las personas por amor a Dios, no por otra cosa, por amor a Dios, no va a buscar ningún beneficio, sólo hacer que Dios sea amado y que Dios sea bendecido.
Cuando usted ama a una persona, esa persona, tal vez le diga a usted o no se lo diga, pero da gracias a Dios. Los papás dan gracias a Dios porque sus hijos lesaman; nosotros, hijos, damos gracias a Dios por el amor de nuestros papás, damos gracias por el amor de nuestros hermanos, damos gracias por el amor que tienen las personas hacia nosotros y ellos dan gracias por el amor y le dan gracias a Dios: Señor, te doy gracias, porque he encontrado el amor de un esposo, el amor de una esposa, el amor de unos familiares, el amor de unos compañeros de trabajo, gracias, Señor. La alabanza es para Dios, la gloria es para Dios y el amor es para Dios. Cuando amamos, somos felices y Dios quiere que seamos felices, pero no olvidemos que, por amor a Él, estamos amando y que Él debe de ser el primero, el primero.
En sus sufrimientos, en sus penas, en sus dolores, ame, ame a Dios y, hoy, nos ha dicho que, si somos discípulos de Él, que si somos sus seguidores, debemos de tomar la cruz de cada día y seguirlo, la cruz de cada día.
Tome esa cruz, no renuncie a ella y no piense que esa cruz que usted va cargando rebasa sus fuerza, no, no se equivoque, no rebasa sus fuerzas, si el Señor nos dice: toma tu cruz y sígueme, toma tu cruz y sígueme, es una cruz que no nos rebasa en nuestras fuerzas, en nuestras capacidades.
¿Qué tenemos que hacer cuando parece que esas fuerzas son demasiado, qué tenemos que hacer si pensamos que esa cruz es muy pesada? Lo que tenemos que hacer es sentir la presencia de la fuerza divina, ¿en dónde está esa fuerza divina? En usted, está en usted, no se olvide, no se olvide, en esos momentos en que siente que se rebasan las fuerzas y tiene que tomar esa cruz del sufrimiento, del dolor, busque la fuerza divina que está en su interior, porque en su interior vive el Espíritu Santo, en su interior, en usted, dentro de usted está el Espíritu Santo, no lo ande buscando en otras partes, está dentro.
El día de su bautismo, descendió el Espíritu Santo y, desde ese día, es templo vivo del Espíritu Santo y el día que el Obispo impuso sus manos sobre usted y le ungió su frente con Santo Crisma, el día de su Confirmación, lo recibió como un don y vive y habita en su corazón la fuerza divina que usted necesita para cargar la cruz, está dentro, dentro de su ser, está en su corazón, habita en usted y, además, tiene la capacidad de creer, porque ese don y gracia se lo dio Dios el día de su bautismo, le dio el don de la fe.
Que la fe le lleve a sentir la fuerza divina en usted y siga tomando la cruz de cada día y siga al Señor. Lo debemos hacer y aprendamos a renunciar, aprendamos a renunciar. El final del texto del Evangelio de hoy nos invita a tener renuncia, el que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo. Nuestro corazón no debe de estar apegado a las cosas, las cosas son un medio, no son un fin. Las cosas no son el Dios, las cosas no son el poder, aunque este mundo nos diga que debemos de tener este pensamiento: sólo vas a valer si tienes, si no tienes, no vales nada. Así lo dice el mundo, si no tienes no vales nada.
Qué triste es que nosotros nos queramos hacer valer por lo que tenemos, hacer valer por lo que sabemos, hacer valer por el poder que tenemos. No se haga valer por eso, hágase valer por ser hijo de Dios, nada más, nada más y no le busque, por ser hijo de Dios hágase valer y sea una persona desprendida, desprendida. No le haga cuentas, porque a veces somos medio esclavos de las cosas y le hacemos cuentas y pensamos que, si nos desprendemos de algo, le vamos a perder al negocio, ¿cuál negocio? El negocio de la salvación, ganas si te desprendes, si no te desprende, no hay negocio en la salvación. Si te haces esclavo de las cosas, tu mundo es este y vas camino a la eternidad y, para la eternidad, no te llevas nada, sólo te llevas tus obras, tus obras, sólo tus obras, no las cosas, no las cosas.
El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo, así terminó el Evangelio en este domingo, a ver, échele raya y piense ¿es capaz de desprenderse de todos sus bienes?, no, pues, los bienes son los que dan seguridad. A ver, piénsele, piénsele. Yo creo que tenemos que decirle a Nuestro Señor, Señor, ayúdanos a desprendernos, que yo sea capaz de desprenderme y desprenderme de las cosas y desprenderme de las personas también, para servir al Señor, para estar con el Señor.
Quisiera también decir una palabrita, ahora que fueron canonizados Pier Giorgio y Carlo, en la ciudad de Roma. Vivieron el desprendimiento. Pier pensaba en los necesitados y compartía con ellos, distribuía, distribuía, se fue desprendiendo y se dedicó a ellos, a los necesitados. Por amor a Dios, por amor a Dios. Carlo, encontró en la Eucaristía su fuerza, su fuerza, en la Eucaristía. Se dice que todos los días iba a la misa, todos los días, el jovencito, desde pequeño, desde niño, desde adolescente, desde joven fue a la misa, todos los días y todos los días comulgaba, porque sabía que Eucaristía era conquistar el cielo, Eucaristía era llegar a Dios, era estar con Dios. Un grande amor a la Madre de Dios, después de la Eucaristía, un grande amor a la Virgen María.
Jovencito, murió de leucemia, qué bendición y qué dicha. Hoy, que la Iglesia lo declaró santo, estaba presente en la ceremonia su papá, su mamá, su hermanita y su hermanito. Su familia de Carlo, ahí estaban, en la celebración. Usted que es papá y mamá, imagínese, qué sentiría cuando el Papa León XIV declaró santo a su hijo, lo declaró santo en la Iglesia Universal. ¿Qué sentiría? Una gran alegría, un gran gozo y una gran alabanza a Dios de tener un hijo santo y declarado santo en la Iglesia. Jovencito de este siglo, de este siglo.
Dentro de poco, probablemente, nuestros jóvenes lo tengan como un ejemplo, como un ejemplo y en las mismas redes, donde él entraba como todos los jóvenes de este siglo, también los jóvenes de hoy entren a esas redes y evangelicen y se dejen evangelizar y crezcan en la santidad, en las virtudes y busquen de todo corazón a Dios y lo den a conocer, lo den a conocer.
Alegrémonos por ello y que también, papá y mamá se alegren porque nosotros estamos viviendo en la santidad de vida, prefiriendo a Dios, tomando nuestra cruz y aprendiendo a renunciar vivimos la santidad, vivimos la santidad.
Usted tiene que ser santo en la vida ordinaria, como lo fueron ellos, en la vida ordinaria, no hicieron nada extraordinario, simplemente vivieron y vivieron para la gloria de Dios y vivieron la alegría de servir y de amar, de desprenderse, vivieron la alegría de buscar siempre a Dios y de llenarse de Dios. Así viva usted, buscando siempre a Dios y llenándose de Él.
Que Dios los bendiga en esta semana, Dios los bendiga en su trabajo en todo lo que usted realiza y, cuando se sienta que la cruz es pesada, busque la fuerza del Espíritu, que está en usted, invoque a una gran intercesora que es María, invóquela. Dígale que usted quiere seguir siendo un fiel discípulo de Su Hijo Jesucristo y que alcance para usted gracia y bendición y María va a hacer su trabajo. El trabajo de María es interceder, va a alcanzar en su favor, búsquela.
Pidamos también la intercesión de los santos. Dios nos bendiga en esta semana y, con alegría, realicemos lo que nos toca hacer y disfrutemos lo que hacemos.
Que Dios los bendiga.
Así sea.