Quizá no le sorprenda, pero los periodistas somos los principales consumidores del periodismo que hacen nuestros colegas. Es un deber pero también un placer. Con frecuencia nos provoca interés y cierta envidia profesional porque aquellos llegaron a donde nosotros no pudimos, vieron lo que pasamos por alto o describen lo que omitimos. También, por desgracia, en ocasiones el sentimiento es menos feliz.

En los últimos años, gracias a los algoritmos, robots y demás avances en la tecnología de datos, ha crecido un fenómeno deleznable en el comercio de información: el pillaje informativo, la piratería de noticias y el canibalismo periodístico que ejercen centenares de pseudoperiodistas o, peor, millares de ladrones informáticos que, sin pudor ni honor, roban la información trabajada por otros medios para venderla a sus propios clientes.

Debemos distinguir una sutileza: los periodistas consumimos el trabajo de otros periodistas para mantenernos informados y para obtener una pista, un pie o una excusa para desarrollar nuestro propio esfuerzo y talento; pero el crimen sucede cuando se hurta el trabajo y contenido de otro medio que le cuesta patrocinar a un profesional. En el universo digital existen medios informativos que se hacen cargo de sus editores y periodistas tanto como de las noticias que publican; pero también allá afuera se encuentran espacios que roban información de los primeros para abultar sus portafolios de oferta que venden a ingenuos clientes.

Y, sin embargo, no es un fenómeno actual. Gracias al trabajo de Ylieana Rodríguez González podemos rastrear a finales del siglo XIX un peculiar episodio entre los periódicos El Nacional y El Monitor Republicano. En el primero, el genial Ángel del Campo ‘Micrós’ publicaba su novela La Rumba y en su undécima entrega describe un asesinato en El Callejón de las Mariposas; algún redactor de El Monitor tomó por cierta la historia publicada en El Nacional y la reprodujo íntegra para sus lectores sin saber que era ficción. Evidentemente, quienes repararon en la pifia no dejaron de pitorrearse de la plantilla republicana; el resto, simplemente adoptó una mentira.

Es claro que el peor crimen de un medio informativo es facilitar que sus audiencias adopten una mentira; es, por tanto, una irresponsabilidad facinerosa copiar y pegar artículos o noticias de otros medios sin dar los créditos respectivos o sin verificar la certeza de dicha información. Ciento treinta años más tarde de aquel episodio y con todo un nuevo elenco de avances tecnológicos, estas fechorías pueden provocar mucho más que escarnio.

La más reciente filtración de documentos de Facebook y las reiteradas denuncias de Frances Haugen contra el gigante tecnológico (que es dueño de Instagram y WhatsApp) revelan que la utilización de algoritmos, robots y mecanismos de promoción o censura en esta red social (suponemos que otras padecerán de las mismas tentaciones) «daña a los niños, avivan la división y debilitan la democracia».

En efecto, basta dialogar personalmente con usuarios e instituciones que usan estas plataformas de exposición digital para conocer graves actos de censura, represión, confrontación, engaño y distracción que la red social ejerce contra la voz de legítimos clamores, contra las mentes más inocentes o contra la conciliación y la paz.

Ningún drama de estos parece ser mera coincidencia: ciertos ricos y grupos poderosos pueden incumplir las normas cuando publican discursos de odio o llamados a la ignorancia; países enteros parecen ser privados de las denuncias sociales gracias a acuerdos entre sus gobiernos y la red tecnológica; los algoritmos ‘recompensan’ ciertas apariencias, religiones, adquisiciones o actitudes sobre otras para uniformar criterios y homogeneizar la opinión pública; en la lucha por captar nuevos y cada vez más jóvenes usuarios las redes cambian sus dinámicas e interfaces para producir conductas adictivas y alienantes. Eso, sin contar los inconfesables acuerdos sobre el uso de la minería de datos para microsegmentar perfiles psicográficos de los usuarios y alimentar con precisión quirúrgica su exposición a contenidos que le hagan cambiar de opinión sobre tendencias políticas, ideológicas, comerciales o culturales.

La víctima de estas atrocidades no es otra sino la audiencia, el lector, el ciudadano simple que piensa que su acceso a estos medios es para informarse, entretenerse, encontrarse con otros o conocer el mundo. Nada más lejano si los periodistas roban sin criterio la información de otros para venderla o si las redes alienan y enajenan en lugar de conectar y abrir el diálogo.

El remedio es simple pero exige trabajo: Intente conocer a sus periodistas, estoy seguro que nosotros queremos conocerle a usted.

*Director VCNoticias.com
@monroyfelipe