
Reivindicación y respeto al pueblo negro afromexicano: Salomón Jara
No me lo cuentan, yo estuve ahí. Todavía no ingresaba a la UNAM, estaba cursando la prepa en el CUM, pero participé en el movimiento. Era, como se dice con sorna, un agregado cultural. Asistía a asambleas, marchas y mítines, hacía guardias en la Prepa 6, presenciaba el diálogo público en el Auditorio Justo Sierra-Che Guevara, acudía a reuniones entre colectivos preocupados por levantar la huelga ante la negativa de la ultra, colaboraba en la logística de conciertos, repartía volantes, entre otras cosas.
Un hermano dirigente del CCH Sur, Eduardo, y una precoz politización explican tal involucramiento. Pero no nos desviemos, el tema de este escrito es el Consejo Estudiantil Universitario a 40 años de su fundación y la pretensión gubernamental de convertirlo en precursor de la “transformación” obradorista, lo cual es un despropósito que no se sostiene pese a la activa participación que entonces tuvieron la Presidenta y otros funcionarios públicos.
El agravio que provocó el conflicto fue la aprobación por “urgente y obvia resolución” de las reformas propuestas por el rector Jorge Carpizo en el Consejo Universitario, celebrado el 11 y 12 de septiembre de 1986. Los cambios a los Reglamentos de Exámenes, Inscripciones, Pagos, Posgrado, así como al Estatuto General, se dieron en fasttrack, incumpliendo con la normatividad que obligaba a la entrega de los proyectos a los consejeros con 15 días de anticipación.
El reclamo por aprobar cambios tan significativos sin discusión previa estuvo desde el inicio y fue un argumento convincente para muchos universitarios, incluso entre quienes no simpatizaban con el movimiento estudiantil. Es verdad que Carpizo convocó a opinar y proponer sobre el diagnóstico que llamó Fortaleza y debilidad de la UNAM, el cual presentó en abril de ese año, pero no hizo lo mismo respecto a las propuestas que presentó para responder a esa visión crítica de la institución.
La lucha era contra la imposición y, por tanto, contra el autoritarismo. Por supuesto que también hubo cuestionamientos ideológicos hacia el contenido de las reformas, alertando sobre privatización, sometimiento al mercado, exclusión de sectores desfavorecidos y neoliberalismo que entonces era un concepto de cuño reciente, expresados en un contexto social impactado por la crisis económica y el trágico sismo ocurrido un año antes. Ante ese panorama de inconformidad e irritación, la Universidad Nacional procesó y dio salida al conflicto dando ejemplo de democracia en un país autoritario.
Se acordó un diálogo público transmitido en vivo por radio UNAM, ejercicio inédito con fuerte contenido simbólico porque es lo que le negaron a los estudiantes en 1968. La discusión, en lo general, fue de argumentos, datos y evidencias. Al final no hubo acuerdo, estalló la huelga, pero la experiencia fue valiosa. Para que fuera posible hubo buena política, acercamientos y platicas discretas, de parte de una dirigencia capaz y responsable con el rector Carpizo, cuyas convicciones democráticas quedaron acreditadas. Y eso mismo encontró la solución con la derogación de las reformas y el compromiso de convocar a un Congreso Universitario para que los cambios fueran producto de la discusión colectiva del conjunto de la comunidad.
Es verdad que, aunque hubo algunos acuerdos importantes, los resultados del Congreso no cumplieron las expectativas y nada mostró mejor las limitaciones del acontecimiento que el veto de los extremos de ambos bandos a la Declaración de Principios que elaboró una comisión plural de alto nivel académico e intelectual. Sin embargo, la profunda y extendida reflexión de los universitarios expresada en foros, conferencias temáticas, columnas, ensayos y debates fue de una riqueza invaluable.
El CEU expresó con claridad en múltiples documentos y discursos su rechazo al régimen priista, lo cual era notorio también en las consignas de las marchas. No podía ser de otra manera, el 68 era ícono y paradigma del que se abrevaba. Por eso no fue extraño que los principales líderes –Antonio Santos, Imanol Ordorika y Carlos Ímaz- se sumaran con sus corrientes a la lucha por el cambio democrático en la campaña del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas en 1988, convocando a un mitin en la explanada de Rectoría, cuyo impacto fue telúrico.
Ahora bien, se vale cambiar de opinión, lo normal es ver las cosas distintas en la madurez que en la juventud, pero lo que no es correcto es engañar y, peor aun, engañarse. El obradorato es la negación de las causas e ideales del movimiento ceuísta y eso salta a la vista. Restauraron el hiperpresidencialismo y el régimen de partido hegemónico, incluso con agravantes.
La urgente y obvia resolución de las reformas de Carpizo palidece frente a cambios constitucionales aprobados y publicados en menos de una semana, mismos que los legisladores no pudieron ni leer. Y eso lo pudieron hacer gracias a que se obsequiaron una espuria mayoría calificada, pisoteando la Constitución. Convirtieron el 54% de los votos en 73% de los escaños de la Cámara de Diputados, una sobrerrepresentación de esa magnitud no se veía desde principios de los 60´s del siglo pasado.
La militarización del país, la prisión preventiva oficiosa, el clientelismo, el charrismo sindical, la censura, el uso político de la justicia y la desaparición de la división de poderes están en las antípodas de lo que entonces sostenían los estudiantes, no se diga la degradación y el castigo presupuestal a la Salud y la Educación públicas.
Han atentado contra la autonomía universitaria y la libertad de cátedra e investigación. López Obrador llamó a la UNAM neoliberal y pidió un cambio ideológico de la institución –a confesión de parte…-, destinan recursos públicos para crear un Centro que estudie la ocurrencia del “humanismo mexicano”, expropiaron fideicomisos que fondeaban investigaciones científicas y con Álvarez-Buylla persiguieron a académicos y científicos.
Si el CEU reivindicó el diálogo, con la llamada 4T priva el monólogo. El nivel del debate público es penoso y condenan moralmente el pluralismo desde el poder. La afinidad del régimen obradorista es, en todo caso, con la ultra del CGH. Comparten la misma intolerancia, el discurso victimista, la demagogia pobrista, los ánimos justicieros, la tendencia a la descalificación y al insulto y, por supuesto, el estímulo al resentimiento.
Sirva este texto para exonerar a los jóvenes del CEU del desmantelamiento actual de la democracia, aunque, como narra George Orwell en La rebelión en la granja, algunos se convirtieran en aquello que combatían. Muy su derecho.