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OAXACA, Oax. 1 de noviembre de 2026.- En el Día de muertos, 1 y 2 de noviembre, comunidades indígenas acuden a Mitla, la entrada al inframundo en la cosmovisión zapoteca, para comunicarse con sus difuntos en una práctica milenaria, señaló el arqueólogo Robert Markens, autor de “Muerte y vida entre los zapotecos de Monte Albán”.
En entrevista, mencionó como evidencia de las practicas prehispánicas, la hoy llamada Cueva del Diablo, localizada a cuatro kilómetros de Mitla y que fue meca de peregrinación en el Postclásico, cuando Mitla estaba en su auge. Esto, agregó, de acuerdo con evidencias arqueológicas halladas en el 2005 cuando él por la UNAM y arqueólogos del Instituto Nacional de Antropóloga e Historia, exploraron el sitio.
Las investigaciones formaron parte del Proyecto de Salvamento Arqueológico Carretera Oaxaca-Istmo” del Centro INAH-Oaxaca, dirigido por el arqueólogo Marcus Winter, del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) en Oaxaca, con el objetivo de proteger, registrar y estudiar los vestigios prehispánicos descubiertos durante la construcción de la vía de comunicación.
En la Cueva del Diablo (Biliyä´r Benjab en zapoteco) observaron que, a más de mil años, en esta zona de la cultura zapoteca se preserva el culto con visitas cotidianas, no solo en los días santos Calcularon de 30 a 40 ofrendas diarias, consistentes en flores, cacao, algunas monedas y todo tipo de comida desde tortillas, pan de muertos, tamales especiales, no comestibles, rellenos con láminas de copal porque es comida para los difuntos, dijo.
“Encontramos miles y miles de trastes de cerámica en miniatura: ollitas, platitos, cuencos con comida para los difuntos y navajas de obsidiana. Se supone que sacrificaron aves y tal vez sacaron sangre de sus propios dedos o de sus orejas. Ofrendaron su sangre. Como peticionarios ofrecieron lo más importante que tenían, a esos seres esenciales en la vida de los vivos. A los intermediarios entre lo sobre natural y nosotros, los vivos”.

“Ir a la cueva es entrar en contacto con lo sagrado. Vivimos en un mundo profano e ir ahí, es llegar a un mundo de poderes distintos, fuertes; es acercarse a la divinidad a través del contacto con las almas. Si no respetamos a ese dios o a los ancestros, sus espíritus nos van a castigar. Nos van a regalar entonces, la muerte”, dijo el doctor en antropología y actual integrante de la mesa directiva del Instituto Welte para estudios oaxaqueños.
“Se entra como en una iglesia, no simplemente caminando. Hay ritos para acercarnos a lo todo poderoso. En la iglesia los hombres se quitan el sombrero, hay que arrodillarse, tomar un poco de agua bendita, así en la cueva, es todo un proceso que nos prepara para entrar a este mundo sagrado, en contacto con esa fuente de poderes del más allá”, dijo el también especialista en arte prehispánico de Mesoamérica.
Sin embargo, la práctica fue regulada. Para acceder al sitio, se debe obtener permiso de las autoridades del pueblo de Mitla. “En los últimos 10 años todo esto cambió. Nadie sabía de su existencia. Uno de los problemas es darlo a conocer... en parte es por nuestra culpa, probablemente. Es una cuestión moral”, comentó.
LA SOBREVIVENCIA DE LAS TRADICIONES DE DÍA DE MUERTOS
Lo importante es la sobrevivencia de estas tradiciones. Cuando una persona se muere, dicen, su alma pasa por túneles subterráneos desde su pueblo, hasta Mitla. Y ahí entran a la Cueva del Diablo, al gran portal del inframundo y por eso los vivos vienen de lejos para peticionar a sus muertos, agregó el doctor especializado en la arqueología de Oaxaca y Mesoamérica.
Cuando los españoles construyeron iglesias sobre los adoratorios prehispánicos e impusieron el festejo de los fieles difuntos, comentó, la comunicación de los zapotecas con sus muertos, no fue destruida, pero los ritos fueron cambiados de manera brusca. Antes los enterraban en tumbas familiares construidas debajo de sus casas.
“Eran como casas miniaturas cerradas y se abrían con una muerte nueva. Enterraron generación tras generación a madres, padres, la familia. Y arriba de la cripta estaba el santuario para ofrendarles y hablarles, enojarse a veces. Entonces era una interacción diaria”.
“Supongo que los vivos hacían peticiones constantes y dejaban ofrendas en la casa para los espíritus de sus difuntos, a quienes pedían por la fertilidad, la buena cosecha o la defensa ante enfermedades. La relación espacial y afectiva entre vivos y difuntos era más estrecha que hoy”

LOS ESPAÑOLES ROMPIERON LA COMUNICACIÓN CERCANA ENTRE VIVOS Y MUERTOS ZAPOTECAS
Los españoles llegaron, conquistaron, evangelizaron y una de sus prácticas o cambios más fuertes fue crear los panteones o campo santos, entonces los cristianos fueron enterrados en estos espacios, ya no en la casa; rompieron esa comunicación cotidiana con sus antepasados, agregó el arqueólogo canadiense asentado en Oaxaca hace casi tres décadas.
“Y entonces se comprimió la costumbre de convivir con los muertos diariamente, a una fiesta de todos santos, solo dos días. “Rompieron este vínculo tan fuerte, tan cotidiano entre los vivos y los muertos. Eso es probablemente el cambio más fuerte, la comunicación con los muertos”.
En cuanto a la ofrenda de comidas, “esto es una particularidad de muertos en Oaxaca. No les damos cualquier cosa. Estamos nutriendo a sus almas. En la Cueva del Diablo y en otras, hay un sistema de petición y cargo. Dan gracias por la cosecha, porque antes se hacía en la época de la siembra y de lluvias. Les damos, estamos nutriendo a sus almas”.
También desapareció la figura del dios Cocijo —deidad asociada a la lluvia y al rayo— y fue sustituida por Pitao Bezelao, quien posteriormente fue demonizado. Un ejemplo simbólico de esta imposición es la colocación de una cruz cristiana sobre una imagen de Pitao Bezelao en una tumba en la ciudad-estado zapoteca Zaachila, acto que representa la satanización de las creencias indígenas y la ruptura con su cosmovisión cíclica de la muerte.

No obstante, algunas prácticas han logrado sobrevivir, aunque adaptadas. En San Pablo Güilá, por ejemplo, se conservan los altares en honor a los muertos en la llamada “casa de Dios”, aunque ya sin tumbas familiares. En Mitla, la Cueva del Diablo es aún considerada un portal al inframundo. Se cree que las almas viajan hasta allí durante los nueve días posteriores a la muerte, y muchas comunidades siguen realizando rituales para conectarse con sus ancestros.
La persistencia de ciertos rituales, símbolos y espacios demuestra que la memoria cultural no ha desaparecido, sino que sigue viva en la práctica colectiva de las comunidades. En Oaxaca, en especial para los zapotecos, honrar a los muertos sigue siendo, en el fondo, una manera de afirmar la vida, la identidad y la historia de un pueblo.
Esa manera de pensar se conserva por la oralidad, de abuelos a los hijos y nietos. Sin embargo, dice el investigador, cada vez hay menos interés por conservarlas. La juventud dice que es basura, están encandilados por las luces de la ciudad, porque están más impactados por el internet, youtube y todo eso. Estamos acabando con todo a través de la globalización.
Sin embargo, podemos fortalecer la cultura, que cada pueblo se interese naturalmente por esta tradición, pero decirles “es tan importante”, pues son oídos sordos. Además, hay que tomar en cuenta que la economía rige la manera como vivimos, “marchamos de acuerdo con ella”.
En este sentido reflexionó sobre el festejo de Día de Muertos que, para él, es toda una escenificación y un cambio brusco de lo que eran tradiciones naturales inconscientes, pero se ha concientizado tanto esta fiesta para complacer al turista nacional e internacional que llega a ser otra cosa”.