CIUDAD DE MÉXICO, 26 de mayo de 2020.- Anoche recibí el mensaje de un querido amigo mío, el profesor José Díaz Navarro. Me informaba que esa fecha representaba un triste aniversario para él. Hace exactamente 4 años se vio obligado a huir de su amado hogar en Chilapa, Guerrero, debido a una amenaza directa contra su vida y una orden de ejecución dictada contra él, emitida por una organización local de narco-terroristas.

La misma organización criminal, me informó el profesor, es la responsable del secuestro, quema y decapitación de sus dos hermanos, Alejandrino y Hugo, así como de su primo Vicente Apreza García y de dos arquitectos que los acompañaban para ver un nuevo proyecto de construcción, Jesús Romero Mujica y Mario Montiel Ferrer.

La suya es una historia trágica. Una que desafortunadamente es demasiado familiar para cientos de miles de mexicanos que también han perdido a sus seres queridos o han sido desplazados de sus hogares, debido a la violencia y la inseguridad causadas por los grupos terroristas regionales, a los que la cultura popular conoce como «narcos».

Lo único que el profesor Díaz Navarro celebra cada año en esta fecha, es el aniversario de poder seguir vivo, de renacer, conmemora su desplazamiento, y no su muerte. Él dice que se fue justo a tiempo para escapar de sus asesinos, una llamada oportuna que le recuerda todos los días, la suerte de estar vivo. Así que armado de mucho valor, ha dedicado su vida a buscar la verdad, a luchar por establecer la paz y la justicia en su comunidad y en nuestro querido país.

Desde su exilio, se ha mantenido muy activo en el movimiento contra la violencia en México. Ayudó a establecer un colectivo llamado «Siempre Vivos», y se ha unido a muchas marchas exigiendo paz en todo el país. Siempre camina con una pancarta llena de fotos con algunos de los que han sido «desaparecidos» o asesinados, desde que su ciudad natal fue literalmente tomada, por el cartel local y la policía comunitaria bajo su empleo. Se ha convertido en el portavoz oficial del colectivo y de la lucha por la paz y la justicia en su estado natal, Guerrero.

Tuve el privilegio de caminar con él de Cuernavaca a las Ciudad de México; pero el primer intercambio de ideas que sostuvimos fue durante una marcha por la paz en León, Guanajuato, el 2 febrero de este año.

Mi familia salió a la luz después de una tragedia que ocurrió 5 años después de lo ocurrido a Diaz Navarro, el 4 de noviembre de 2019, cerca de Bavispe, Sonora; ese fatídico día, 9 mujeres y niños fueron asesinados a sangre fría, incluida mi prima Rhonita Miller LeBaron, a quien dispararon y prendieron fuego junto con 4 de sus hijos pequeños. Un evento que cambió nuestras vidas para siempre y me abrió los ojos sobre la trágica realidad que padecemos, gran parte de nuestro país se han convertido en una zona de guerra, donde todas las vidas están en juego, no importan edades; vale como ejemplo recordar a los bebés gemelos de 8 meses que fueron enterrados junto a Rhonita.

Cuando me presentaron al profesor Díaz Navarro, me dijeron que necesitaba escuchar su historia de primera mano. Mi tío Adrián, mi primo Julián y yo, lo invitamos a unirse a nosotros en el camino de regreso a la Ciudad de México después de la marcha. Mientras escuchaba hablar al profesor, me impresionó mucho su fuerza y ​​determinación sin pretensiones, así como su historia verdaderamente trágica, pero lo que más me impactó en ese momento es la dura comprensión de que después de 5 años de intenso activismo y contando su historia al país y al mundo, nada había cambiado. Nadie ha comparecido ante la justicia por los asesinatos de sus hermanos y primos, y la violencia en Chilapa y en nuestro país sólo ha empeorado.

Esta verdad me golpeó como una bala en el pecho, porque en ese momento me di cuenta de lo difícil que sería obtener justicia para mi familia y comunidad, y que las marchas y aplausos, pronto se desvanecerían, pero el asesinato y el terror probablemente continuará por mucho tiempo.

¿Estaba perdiendo el tiempo marchando y hablando a la multitud? ¿Me estaba poniendo en riesgo por pelear una batalla imposible de ganar? La pregunta más aterradora que me vino a la mente fue: ¿tengo la fuerza, la resistencia y la paciencia para ver este movimiento hasta el final? ¿Estoy dispuesto a pagar el precio y poner el tiempo? No soy una persona muy paciente, por lo que estas últimas preguntas fueron particularmente difíciles de digerir.

Más adelante en la conversación, mi nerviosismo se convirtió en rabia. El profesor Díaz Navarro me dijo que él y su colectivo habían hecho todo el trabajo difícil. Arriesgaron sus vidas para denunciar los crímenes. Habían trabajado con las autoridades para ayudar a resolver el caso, e incluso les mostraron dónde trabajan y viven los líderes de los grupos criminales. Habían logrado la tarea casi imposible, de ayudar al investigador a obtener órdenes de arresto para al menos 5 de los acusados, pero después de varios años de la emisión de las órdenes, ni una sola persona ha sido arrestada o detenida por el asesinato de sus seres queridos ¡Literalmente me sorprendió escuchar esto!

Después de vivir en los Estados Unidos durante la mayor parte de mi vida adulta y ver demasiadas películas de crimen, esto parecía imposible de creer. «Nuestro nuevo presidente López Obrador, prometió traer justicia nuevamente a nuestra nación», recuerdo haber pensado. 

Era como entrar en un universo alternativo donde la justicia no existía, y casi todos los asesinos en el país vivían a la intemperie, como si no hubieran hecho nada malo, donde algunos de los peores criminales incluso estaban protegidos por sus comunidades, o se convertían en políticos y/o líderes comunitarios. Desafortunadamente, toda la situación es solo parte de la realidad cotidiana en nuestro país que para muchos, como yo, se esconde detrás de una vida privilegiada, un refugio social que nos impide ver la correcta dimensión del problema.

¡Decidí en ese mismo momento que nunca podría rendirme, que tenía que marchar en Chilapa con el profesor Navarro y exigir justicia! A la mañana siguiente, junto con José, mi tío Adrián y yo fuimos invitados a un popular programa de radio matutino en la Ciudad de México. Anuncié que marcharíamos con el profesor en Chilapa el sábado siguiente, y luego desafié públicamente al presidente Andrés Manuel. Recuerdo haber dicho: «Marcharé el sábado, señor presidente, y si tiene alguna intención de mantener sus promesas, para hacer que nuestro país sea más seguro, estará allí antes de que yo llegue, para asegurar que se llevan a cabo los arrestos y dar justicia a las miles de voces exigentes”. Por supuesto, eso nunca ocurrió.

Nuestra marcha en Chilapa fue noticia porque era y sigue siendo uno de los lugares más violentos del país. El foco de atención ya estaba ahí y en las aldeas montañosas que lo rodean debido al asesinato de 10 músicos un par de semanas antes, y las imágenes de los niños soldados que eran entrenados para proteger a sus comunidades, notica que dio la vuelta al mundo.

La marcha fue pequeña en términos de números, probablemente debido a los informes que recibimos sobre el bloqueo de carreteras y las constantes amenazas para disuadir la participación, pero las imágenes de las valientes viudas indígenas y sus huérfanos que marcharon a nuestro lado mientras mostraban fotos de sus “desaparecidos” de padres y esposos fue impactante. Nunca olvidaré el dolor y la determinación en sus rostros, o la sensación de pérdida abrumadora cuando me di cuenta de que los dejaron casi completamente solos, para criar a sus hijos empobrecidos en el mundo cruel que habían heredado. Una realidad que se hizo aún más oscura cuando algunos de ellos nos dijeron que todavía vivían bajo una amenaza constante y que se ven obligados a pagar «cuotas», un porcentaje de la poca ayuda gubernamental que reciben, a las mismas organizaciones narcoterroristas responsables por los asesinatos y desapariciones de sus maridos.

¿Cómo intentas consolar a una familia que vive en ese tipo de infierno? Casi no tienen esperanza de un futuro mejor, porque hay poca o ninguna oportunidad en las comunidades de pueblos fantasmas que los rodean, ya ni siquiera pueden vender sus productos hechos a mano en el famoso mercado de Chilapa, porque apenas quedan clientes para comprar.

Obtener una buena educación tampoco parece ser la respuesta, porque la mayoría de las escuelas han cerrado. Muchos maestros se han visto obligados a mudarse, como es el caso del profesor Díaz Navarro.

La violencia en el estado de Guerrero es responsable de matar el turismo también. Les encantaba tomar el viaje de Acapulco a Chilapa para visitar los mercados, comer en los restaurantes y ver los sitios históricos de la revolución mexicana. Como el hotel ahora cerrado que visitamos durante nuestro viaje. Un hermoso edificio con establos de caballos donde Emiliano Zapata estuvo una vez, y donde se tomó una de las fotos más famosas de él. Cabe destacar que el bisabuelo del profe, el Gral. Jesús Navarro García, aparece en la misma imagen, era parte del Estado Mayor zapatista, muestra de que el espíritu combativo se hereda.

Yo realmente tenía la esperanza de que nuestra marcha y nuestra visita pudieran marcar una diferencia, pero esa esperanza se hizo añicos 2 días después cuando regresamos a un municipio vecino en el mismo estado de Guerrero para asistir a los funerales de un niño de 16 años llamado Alexis, y su hermana de 13 años, Adilene. Regresaban a casa con su padre después de vender tacos en la calle toda la tarde, cuando los detuvieron y les dispararon en la cabeza. Su padre se vio obligado a ver cómo sucedía todo.

La familia quedó devastada y lamentablemente hemos perdido el contacto con ellos.

Al reflexionar sobre el cuarto aniversario del profesor, me pregunto, ¿qué esperanza les queda a esas víctimas? He llegado a creer que sólo podemos aspirar a un futuro mejor, para los niños soldados, para las viudas y para los huérfanos, si seguimos el ejemplo del profesor Díaz Navarro.

Dicen que nadie es héroe en su propio pueblo, pero ese no es el caso del profe. Su comunidad lo aprecia mucho. Más bien se podría decir que no es héroe en su propio país. Mientras que las autoridades de México no le hacen mucho caso, fue altamente honrado en Europa por su trabajo humanitario. Solicitaron que volará a Holanda para participar en un documental y recibir su premio. Hace unos días fue invitado por un Antropólogo de la Universidad de Birmingham, Alabama, para colaborar en un libro sobre la violencia en Guerrero. La historia del profe no será olvidada, pero nuestra historia, la historia de México, se determinará por mujeres y hombres de valor como él, y posiblemente un poco por el nuevo gobierno, si es que los animamos lo suficiente para cumplir su gran promesa de establecer un país más seguro. Esa es la historia que realmente conviene, a ellos y a cada uno de nosotros.

No importa qué partido político esté en el poder, nunca tendrán las respuestas. Debemos encontrar las respuestas en nosotros. Debemos ser la respuesta. ¿Si no es ahora, entonces cuándo? No esperen hasta que la sangre derramada en el suelo sea suya o, lo que es peor, de su hijo o de sus padres.

¿Es eso lo que se necesitaría para abrir tu corazón y tus ojos? Admito que antes no estaba tan inmerso en estos temas, no me motivé lo suficiente hasta que sucedió con mi propia familia. Tendré que aprender a vivir con las consecuencias. Pero si nos vemos como una gran familia, sabrás que la sangre inocente de tus hermanos ya inunda las calles de todas las comunidades de nuestro país. ¿Qué estamos esperando? ¿Quién será nuestro salvador mientras nos sentamos y los vemos sangrar?