
Cae motociclista de puente en Ciudad Judicial
Charlas con mi hija
—¿Qué haces, mamá?
—Estoy leyendo un artículo anónimo muy interesante que se llama “El precio de la gratitud”.
—Déjame leerlo en voz alta.
Cuando tenía 13 años, mi padre con regularidad me llevaba a paseos cortos los sábados. A veces íbamos al parque o al muelle para ver embarcaciones. Mis viajes favoritos eran a las tiendas de cosas usadas, donde podía adquirir material eléctrico y, de vez en cuando, comprábamos algo viejo para desarmar.
Cuando regresábamos a casa de estos viajes, papá solía detenerse para comprar conos de helado de $10.00. No siempre, solo a veces. Yo nunca sabía cuándo; solo esperaba y rezaba desde el momento en que se iniciaba nuestro regreso a casa por esa esquina crítica donde continuaríamos recto hacia el helado o giraríamos para llegar a casa con las manos vacías. Esa esquina significaba la emoción de una boca hecha agua o la desilusión.
En algunas ocasiones mi padre me molestaba tomando el camino largo a casa. “Voy a tomar este camino solo por variar”, comentaba al pasar por la tienda de los helados sin detenerse. Se trataba de un juego.
En los mejores días me preguntaba, en un tono como si fuera novedoso y espontáneo: “¿Quieres un cono de helado?”. Yo respondía: “Suena fantástico, papá”. Yo siempre escogía de chocolate y él de vainilla.
Me daba $20.00 y yo corría a comprar lo acostumbrado. Nos lo comíamos en el auto. Amaba a mi papá y a los helados, así que eso era el cielo para mí.
En un día fatídico nos dirigimos rumbo a casa, y yo esperé y recé por el bello sonido de su oferta. Y llegó: “¿Quieres hoy un helado?”.
—¡Suena excelente, papá!
Pero entonces dijo: “Eso me suena a mí también excelente, hijo. ¿Qué tal te parecería que pagaras tú hoy?”.
¡Veinte pesos! ¡Veinte pesos! La mente me dio vueltas. Yo podía pagarlo, ya que recibía $25.00 los domingos, además de algo extra por trabajos eventuales. Pero ahorrar dinero era importante; papá me lo había enseñado. Y cuando se trataba de mi dinero, no estaba bien gastarlo en helados.
¿Por qué no se me ocurrió que esta era una excelente oportunidad de dar algo en reciprocidad a mi muy generoso padre? ¿Por qué no pensé que él me había comprado cincuenta o más helados y yo nunca había comprado uno? Pero en todo lo que pude pensar fue: “¡$20.00!”. En un arranque de egoísmo y de miserable ingratitud, articulé las espantosas palabras que han resonado desde entonces en mis oídos:
“En ese caso, entonces creo que paso”.
Mi padre solo contestó: “Está bien, hijo”.
Pero al dar la vuelta para dirigirnos a casa comprendí lo equivocado que estaba y le pedí que regresara. “Yo pagaré”, supliqué. Pero él solo respondió: “No importa, en realidad no hace falta”, y no escuchó mi súplica. Nos fuimos a casa.
Me sentí muy mal por mi egoísmo e ingratitud. No me lo recalcó, ni siquiera se molestó, pero creo que de ninguna otra manera me habría afectado más.
Aprendí que la generosidad va y viene, y que la gratitud a veces cuesta un poco más que solo un “gracias”. Ese día la gratitud habría costado $20.00 y habría sido el mejor helado que hubiera comido.
Te contaré algo: a la siguiente semana hicimos el viaje acostumbrado, y cuando nos acercamos a la esquina decisiva exclamé: “Papá, ¿te gustaría comer un helado? Va por mi cuenta”.
—¿Mami, quieres ir al cine? Yo invito.
—Claro que sí, Cristy.
Psicóloga Laura García Rosas, especialista en niños
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