
Recuperan por la fuerza instalaciones de la UPN en Ciudad Ixtepec
Estados Unidos nació como la primera democracia constitucional de la era moderna y se convirtió en un referente para quienes creemos que el poder debe estar dividido, limitado y sujeto a la ley. Su historia, desde luego, está llena de contradicciones. La libertad proclamada en Filadelfia convivió durante décadas con la esclavitud, la segregación y la exclusión política de millones de personas. Pero su gran aportación fue otra. Comprender que ninguna persona, por popular o poderosa que sea, debe concentrar todo el poder.
Por eso las elecciones intermedias estadounidenses han importado mucho más allá de sus fronteras. No solamente estaba en juego el control del Congreso. También se decidía si el sistema constitucional conservaba la capacidad de corregir una concentración excesiva de poder mediante sus propias reglas.
El resultado fue contundente. Los demócratas recuperaron ambas cámaras y obtuvieron victorias inesperadas en estados que durante décadas habían favorecido a los republicanos. Texas fue el caso más visible. James Talarico ganó la elección al Senado y Gina Hinojosa obtuvo la gubernatura. Hubo también cambios importantes en Ohio, Iowa, Kansas y Maine.
En Estados Unidos, una elección intermedia suele ser un examen para el partido que gobierna. Esta vez fue también una pregunta sobre los límites del poder. Donald Trump pidió que los votantes imaginaran su nombre en la boleta. Lo hicieron y el resultado fue un rechazo de gran amplitud pues los demócratas recuperaron ambas cámaras del Congreso y obtuvieron victorias en estados donde hasta hace poco parecía improbable que pudieran competir.
Las cifras ayudan a entender la dimensión del mensaje. Según las encuestas de salida, dos tercios reprueba la gestión de Trump; tres cuartas partes dijeron estar enojadas o insatisfechas con el rumbo del país. La economía fue el tema más mencionado, y dos tercios consideraron que las políticas del presidente habían empeorado la situación.
Pero una elección no habla con una sola voz. La inflación ha convertido el malestar económico en una experiencia cotidiana. Los altos precios de los alimentos, la vivienda, la gasolina, la electricidad y los servicios siguen pesando sobre los hogares. Los aranceles han trasladado parte de sus costos a los consumidores y la guerra con Irán habria elevado los costos energéticos y contradecía la expectativa de evitar nuevos conflictos. A ello se habían sumado los señalamientos de corrupción, los conflictos de interés y la impresión de que el presidente había utilizado el cargo para favorecer intereses personales y familiares. Inflación, guerra y corrupción terminaron por desgastar la confianza que había llevado a Trump nuevamente a la Casa Blanca.
El resultado tampoco significa que el país se haya enamorado de los demócratas. Una parte de quienes apoyaron a sus candidatos mantenía una opinión desfavorable de dicho partido. Más que una adhesión entusiasta, hubo una demanda de cambio y vigilancia. Cerca de siete de cada diez personas consultadas consideraban que el Congreso no estaba haciendo lo suficiente para controlar al presidente.
Ahí se encuentra el significado constitucional más profundo de la elección. Durante los primeros años de esta nueva administración, el Congreso republicano había renunciado en buena medida a ejercer sus facultades de supervisión. Había acompañado o tolerado decisiones presidenciales sobre el gasto, los aranceles, la política migratoria y la guerra. El Legislativo comenzaba a comportarse menos como un poder independiente y más como una extensión del Ejecutivo.
La nueva mayoría demócrata podrá investigar, citar a funcionarios, revisar el uso de los recursos públicos y bloquear parte de la agenda presidencial. Trump conservará el veto y amplias atribuciones ejecutivas, especialmente en política exterior y arancelaria. El cambio no hará desaparecer su poder, pero volverá más difícil ejercerlo sin explicaciones ni consecuencias.
Ese reequilibrio llega en un momento crítico. Los populismos de derecha han avanzado en América y otras regiones explotando un malestar real con gobiernos lentos, instituciones distantes y economías incapaces de ofrecer seguridad a las mayorías. Su promesa suele ser seductora. Menos deliberación, menos controles y más poder para un dirigente que asegura saber lo que debe hacerse.
El procedimiento democrático comienza entonces a presentarse como un obstáculo. El Congreso estorba, los jueces retrasan, la prensa incomoda y los organismos independientes encarecen las decisiones. En nombre de la eficacia se empieza a desmontar todo aquello que puede impedir la arbitrariedad. Poco después, la seguridad pública sirve para justificar abusos y la voluntad popular se utiliza para debilitar los derechos de las minorías.
Estados Unidos tiene ahora la posibilidad de reconstruir parte de su democracia, devolver al Congreso su condición de poder independiente y recuperar la idea de que la Constitución es algo más que un documento ceremonial. No bastará con investigar a Trump. Será necesario atender el costo de la vida, reducir la desigualdad y responder al abandono que había alimentado el descontento. Si la democracia no mejora la vida de las personas, volverá a dejar el camino abierto a quienes ofrecen orden sin libertades y eficacia sin controles.
Para México, el resultado ofrece cierto alivio, aunque no permite bajar la guardia. Un Congreso opositor puede investigar abusos y moderar algunas decisiones. Sin embargo, la revisión del T-MEC seguirá siendo compleja y las presiones migratorias y de seguridad tienen apoyos en ambos partidos. Las facultades presidenciales sobre aranceles y política exterior tampoco desaparecieron con la derrota republicana.
La elección no ha terminado con el trumpismo ni ha detenido por sí sola a los populismos de derecha sin embargo ha abierto la modesta posibilidad de mostrar que la democracia puede corregirse, producir resultados y proteger a las personas frente al abuso del poder.