OAXACA, Oax., 14 de junio de 2020.- Hace cien años, a sus 56, y víctima de un rebrote de la “gripe aviar”, falleció el gran sociólogo alemán Max Weber. Hoy es útil recordar algunas de sus principales ideas y relacionarlas con algunos de nuestros más visibles retos.

En breve, me referiré solo a tres: la pluralidad de causas y efectos para explicar la realidad; el liderazgo, y la ética de la responsabilidad.

En relación con la primera, Weber defendió que el cambio social no depende de un solo factor, ni el religioso, económico, político o jurídico, sino de su interrelación compleja que en diferentes contextos y circunstancias pueden adquirir mayor o menor peso y sus múltiples efectos generar nuevos cambios.

Es por ello que las ciencias deben delimitar con cuidado sus objetos de estudio y aproximarse lo más consistentemente posible a describirlos y explicarlos, en el entendido de que su conocimiento siempre será limitado y perfectible.

Sobre la segunda, el intelectual alemán, hijo de un político liberal, hizo notar que la legitimidad de la dominación o fenómeno de mando y obediencia podría ser de naturaleza carismática, patrimonialista, o bien legal-burocrática.

Advirtió, contrariamente a lo que suele creerse, que esos tres tipos de liderazgo no son puros sino que en la práctica se dan mezclados y, más aún, no son progresivos sino que pueden sufrir regresiones y progresiones de uno a otro.

Postuló que si bien el líder político debe guiarse por sus más profundas convicciones, sobre estas últimas deberá prevalecer el sentido de la prudencia, el profesionalismo y la responsabilidad que es propio del compromiso con la vida consagrada a vivir para la política y no solo vivir de esta.

Trasladar esas evocaciones a la coyuntura actual es pertinente.

El peligro que la Covid 19 representa para la vida humana y su organización social se traduce en múltiples riesgos que van más allá de la salud y la vida e invaden construcciones culturales como la democracia política, las elecciones y sus condiciones de viabilidad.

Al respecto, es claro que un buen número de variables operan de manera interactiva para facilitar y obstaculizar la vuelta a la normalidad. El Derecho es apenas una de ellas pero no menos importante.

En efecto, los principios normativos –éticos y jurídicos– consagrados en las constituciones democráticas –por ejemplo: elecciones auténticas, libres y periódicas para renovar el poder– son indeclinables en tanto involucran derechos humanos fundamentales. En consecuencia, las elecciones 2020 y 2021 en México tendrán que tener lugar.

El estilo de liderazgo carismático de presidentes como Trump o López Obrador no son puros. No.

Están acompañados de poderes e instituciones, formales e informales, que en diferentes sectores de la política, el gobierno, la administración y la sociedad le fijan límites y controles insuperables.

Al respecto, véase si no: el papel del poder judicial en México, o bien el de la movilización social y ciudadana en favor de los derechos civiles en los Estados Unidos.

Desde luego, ello no excluya el riesgo de que ocurran reconfiguraciones y regresiones en clave de liderazgo más patrimonialista y más personalista y carismático en los dos países.
Para atajar radicalismos, las elecciones son un equilibrio constitucional clave.

Finalmente, las más intensas convicciones políticas –por ejemplo, las de concentración del poder y las reeleccionistas que se les atribuyen a varios presidentes hoy– hallan sus balances en la responsabilidad subjetiva que ellos mismos encaran ante su conciencia histórica.

Más todavía, líderes como Trump o López Obrador saben que sus más hondas convicciones no están exentas de la responsabilidad objetiva que sus motivos, deseos y decisiones habrán de cobrarles más tarde o más temprano en la percepción pública y, en su momento, en las urnas.

Larga vida a Max Weber.