
Urge Leticia Bonifaz a poner las armas en el centro del debate
XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
HOMILÍA DE MONS. PEDRO VÁZQUEZ VILLALOBOS,
ARZOBISPO DE ANTEQUERA OAXACA
14 DE SEPTIEMBRE DEL 2025
Hemos escuchado el texto del Evangelio, tal vez de las páginas más hermosas que podemos meditar y hacer nuestro. Nuestro Señor Jesucristo retrata muy bien cómo es Dios, haciendo lo que Él hace, compartiendo y encontrándose con las personas que, en su tiempo, eran señaladas como pecadores, como malos, publicanos, los que cobraban los impuestos, gente mala y no se diga el mote de pecadores -“este se junta con publicanos y pecadores y come con ellos”- y presenta Nuestro Señor la alegría en el cielo, por la conversión de los pecadores, alegría en el cielo por un pecador que se convierte. Se alegran los ángeles por un pecador que endereza sus pasos, que pide perdón y que toma la decisión de esforzarse cada día por ser mejor.
Qué hermosos textos. La oveja perdida.
Cuando nos alejamos de Dios, nos perdemos. No se aleje de Dios, para que no se pierda. El mismo Señor dice que no quiere que se pierda ninguno “de los que Tú me diste”.
El Señor no quiere perdición, sino salvación y Él vino a salvarnos y Él viene a nuestro encuentro y Él nos busca y Él está ahí, para perdonarnos, para tener misericordia, para olvidar para siempre nuestros pecados.
Que la figura de Dios, que usted tenga en su mente y en su corazón sea una figura de Dios Misericordioso pero, a la vez, no tiente a la misericordia de Dios, no se diga usted: “como Dios es misericordioso, voy a dedicarme al desorden y en un momento le pido perdón”.
No tiene a la misericordia, cuidado, cuidado. No se vaya a cerrar a la Gracia. No se le olvide que un día dijo Nuestro Señor: “todos los pecados serán perdonados, menos uno, el que se cierre a la gracia”, porque dijo: “el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón”.
Cerrarse a la Gracia es blasfemar, porque el Espíritu Santo es el que da la Gracia, el que santifica y si usted se cierra a esa santificación no va a alcanzar perdón, porque no lo pide, porque no lo quiere, porque no lo busca, porque no le interesa. No se vaya a cerrar, dígale siempre al Espíritu Santo, misericordia, dígale siempre a Dios, misericordia y reconozca, con humildad de corazón, que no es perfecto, que es un pecador, que tiene debilidades, que se equivoca en la vida. No solamente piense que los que se equivocan son los que están frente a usted, que los malos son ellos y yo soy muy bueno.
No sea hipócrita, no sea soberbio, no sea vanidoso. Usted es pecador, usted tiene miserias, usted tiene defectos. El único perfecto es Dios, usted no es Dios.
Cuidado, cuidado con llenarnos de soberbia y sentirnos perfectos. Cuidado.
Y la hermosa página del Evangelio, que conocemos todos nosotros, la conocemos y decimos: el hijo pródigo, el hijo pródigo. Vamos poniéndole también el nombre de Padre Amoroso, de Padre Misericordioso.
Qué hermosa actitud del padre, que deja en total libertad a su hijo: “dame la parte de la herencia que me toca, ya no quiero vivir aquí, ya no quiero estar contigo, quiero ir a hacer mi vida, dame la parte de herencia que me toca”. Y dice el Evangelio: “les repartió sus bienes”.
Dios nos ha hecho libres, totalmente libres, para que nosotros vayamos tomando las decisiones que queramos. No le eche la culpa a Dios, porque a veces le pasan ciertas cosas. No culpemos a Dios, no culpemos a Dios, más bien analícese y reflexione cómo ha usado usted su libertad, qué decisiones ha ido tomando, qué decisiones. El que decide es usted, no Dios. Usted es el que decide y Dios respeta su libertad. Dios le va a ayudar cuando usted decide hacer el bien, allí tendrá la ayuda divina, cuando usted decide hacer el bien, pero en el momento que usted decide hacer el mal, Dios lo respeta. No le impide, no le impide, le deja en libertad y, usted, tendrá las consecuencias porque usted fue el que tomó la decisión y no empiece usted a decir: “pero Dios me permitió, ¿para qué me permitió si sabía que me iba a ir muy mal, para qué me permitió”. Espéreme tantito, le está culpando a Dios, a Dios no se le culpa de la decisión que usted ha tomado, decidió hacer eso, sabía que era malo y decidió hacerlo, sabía que no le iba a ir bien y lo hizo, fue su decisión.
Dios no le impide a usted, porque iría en contra de su libertad. A usted, Dios lo hizo libre, libre, totalmente libre, totalmente. Pero, mire, el padre siempre esperando al hijo, siempre, siempre, esperando a que el hijo regresara, sentía el amor de padre. Así vive Dios, en espera de hacernos sentir Su amor, de acariciarnos, de que sintamos Su ternura, Su amor.
El hijo tomó una decisión: “volveré a mi padre y le diré: he pecado contra el cielo y contra ti, no merezco llamarme hijo tuyo”.
La escena del encuentro del padre con su hijo siempre será hermosa, siempre será hermosa. El padre contempló a su hijo desde lejos. El hijo iba todo desfigurado, todo desfigurado y el padre se dio cuenta de que venía su hijo y salió a su encuentro y, ¿qué hizo? Signos de su amor, lo abrazó y lo besó y no le dijo nada, no le reprochó nada. En ese abrazo y en esos besos, el papá le dijo todo, le dijo todo.
Dios no te va a reprochar tu pecado, no te va a reprochar tu pecado, te va a abrazar con amor y te va a perdonar, pero que tú quieras el perdón, que tú busques el perdón.
También nos presenta la actitud del hijo mayor, enojado, molesto, molesto por la actitud del padre y fíjense lo que dice, no reconoce a su hermano, no lo reconoce, le reprocha a su padre y le dice: “ese hijo tuyo”, no le dice “mi hermano”.
Cuando despreciamos a los demás, no estamos reconociendo al hermano. No desprecie a nadie, a nadie, porque Dios no nos desprecia a ninguno. Dios es padre de todos nosotros y no debemos de tener la actitud de desprecio al hermano, de desprecio al vecino, de desprecio al compañero de trabajo, de desprecio a tantas y tantas personas a las que decimos: me cae gordo, me cae gordo, no me cae bien. Es hermano, es hermano.
El hijo mayor no lo reconoció y, el papá, sí lo reconoció en el signo de abrazarlo y de besarlo y de organizar una fiesta. Este hijo, este hijo y le dice el papá al hermano mayor: “tu hermano ha regresado”, no le dijo el papá a él: “mi hijo ha regresado”. Le dijo a los sirvientes, a ellos sí: “mi hijo ha regresado”, pero al hermano le dijo: “tu hermano ha regresado”, reconócelo, no lo desprecies, no lo condenes, recíbelo con amor, no sabemos qué más pasaría, imaginémoslo. Tal vez esas palabras del padre tocaron también al hermano mayor y fue al encuentro de su hermano menor y también hubo signos de amor, no lo sabemos, no lo sabemos, pero usted nunca niegue los signos del amor y usted nunca desprecie a nadie. Vea a su hermano, vea a su hermano.
Qué hermoso Evangelio escuchamos hoy, qué hermoso. Hoy, Dios nos invita a ser de veras sus hijos y a comportarnos siempre, haciendo buen uso de nuestra libertad, no haga mal uso de su libertad. Tome decisiones que usted sepa que lo que va a hacer sí agrada a Dios, no ofende a Dios. De esas decisiones tome siempre y dígale a Dios que le ilumine, dígale al Espíritu Santo que le ayude a hacer un buen discernimiento, cuando usted se pregunte, qué hago, qué hago. Cuando usted esté tentado dígale, dígale a Dios que quiere permanecer libre, no esclavo, libre y busque a Dios y llénese de Él y tratemos a nuestros hermanos y alegrémonos con ellos.
A veces vemos a personas que conocemos a lo mejor y que según nosotros son muy malas y las vemos aquí en el templo. El Señor Jesús comía con publicanos y pecadores, ¿y usted qué es? ¿qué dijimos al principio de la misa?, yo confieso que he cometido pecados y le dije a usted que rogara por mí, que intercediera y usted me dijo que yo intercediera por usted, entonces, los que estamos aquí no somos perfectos, queremos ser perfectos, estamos aquí, somos pecadores y nos encontramos con El que derramó Su sangre para el perdón de los pecados de todos nosotros, entonces estamos en un buen lugar, en un buen lugar y, mi hermano, al que yo juzgo y pienso que es muy malo, está en un buen lugar, porque a veces, sí, por ahí me han dicho algunas gentes: oiga, fíjese que yo, porque no estoy casado por la Iglesia, hay unas gentes que me dicen que yo no puedo ir a misa porque no estoy casado por la Iglesia o porque tengo un hijo que está viviendo de forma irregular sin casarse por la Iglesia y que yo no puedo entrar al templo por eso.
No nos la pasemos condenando o tenemos que decirle, vaya, vaya y algún día va a alcanzar esa gracia en favor de usted, que está viviendo así, pídale así esa gracia porque a veces dicen: es que mi esposo no quiere, es que mi esposa no quiere. Pues pida esa gracia y dígale a Dios: “yo quiero, Señor, arreglar, toca el corazón de mi esposo… toca el corazón de mi esposa… toca el corazón de mi hijo”… venga, venga, esté aquí, es el lugar para tocar el corazón y para dejar que Dios toque nuestro corazón y nos haga sentir Su amor y Su misericordia. Venga, no deje de venir y en lugar de decir “no entres”, hay que decirle “vente, vamos a encontrarnos con Dios”.
Le encomendamos también a nuestra Madre que nos permita vivir estos días, según esto, estos días patrios, del grito y del no grito, que nos permita vivirlo con alegría, alegrarnos y que eso que gritamos, por la libertad, pues seamos los primeros en cuidar nuestra libertad. No seamos esclavos de nada y de nadie, no seamos esclavos y que realmente trabajemos para que en nuestro país haya libertad y que caminemos todos con la seguridad de que vamos a regresar a casa, siempre a casa.
Bendiciones para todos ustedes en la semana y que María Santísima nos siga acompañando, porque Ella, como Madre, nunca nos deja solos. Así como la figura del padre del Evangelio, así es María, también está esperando el regreso de su hijo, que somos cada uno de nosotros.
Bendiciones y que la alegría de estos días también nos motive a vivir mejor y a trabajar por el bien de nuestra sociedad.
Que así sea.