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OAXACA, Oax. 27 de febrero de 2026.- El juego de pelota en Mesoamérica no fue solamente un deporte. Fue religión, fue economía, fue guerra y fue poder. Esa es la tesis central que desarrolla el arqueólogo y antropólogo Robert Markens al analizar la transición política entre antiguos centros zapotecos de Valles Centrales, particularmente el sitio de Dainzú y su posterior reubicación en el cerro conocido hoy como Danush.
Su planteamiento no es menor: el cambio en la forma de jugar pelota coincide con una transformación radical en la organización social. De una sociedad de linajes relativamente igualitarios -un cacicazgo- se pasó a un estado político jerarquizado, con reyes, dinastías y clases sociales diferenciadas.
De Dainzú al cerro: un traslado con implicaciones políticas
Entre aproximadamente 500 y 1000 años antes de Cristo, la población de Dainzú abandonó el asentamiento original en el valle y se trasladó a vivir sobre el cerro cercano. Este movimiento, señala Markens, no fue casual. Marca un quiebre en la historia social de la región.
En Dainzú, el programa escultórico más destacado -ubicado al pie del templo principal- muestra una galería de jugadores de pelota. La mayoría aparece en posición de derrota: caídos, desbalanceados, sin gestos triunfales. Sólo uno destaca como vencedor. Para Markens, esta imaginería no es decorativa: comunica una forma de organización política.
Su hipótesis es provocadora. El juego en Dainzú no estaría centrado en el sacrificio ritual como en otras regiones mesoamericanas, sino que funcionaría como mecanismo competitivo para definir liderazgo. Un medio para demostrar fuerza, prestigio y capacidad de mando.
En otras palabras: el poder se disputaba en la cancha.

Del cacicazgo al Estado
Con la reubicación en el cerro (Danush), cambia también el lenguaje visual del poder. Aparecen figuras asociadas al jaguar, máscaras de deidades como Cocijo -dios zapoteca de la lluvia y el rayo- y representaciones más explícitas de jerarquía.
La sociedad deja de organizarse únicamente en linajes emparentados y se estructura en clases sociales. Surgen nobles y comuneros, tributo, trabajo obligatorio, concentración de autoridad. El orden político se vuelve vertical.
Y ese orden se inscribe en el paisaje: el gobernante arriba, literalmente sobre el cerro sagrado; el pueblo abajo, en el valle.
El cerro no es un simple accidente geográfico. En la cosmovisión mesoamericana es el eje de la vida: almacén de agua, origen del maíz, hábitat de fuerzas sobrenaturales. Asentarse sobre él es naturalizar el poder.
¿Deporte o sacrificio?
En otras regiones mesoamericanas -como en el área maya- el juego de pelota aparece claramente vinculado al sacrificio humano. Escenas como las de Chichén Itzá muestran decapitaciones, serpientes emergiendo del cuello del jugador sacrificado, cuchillos rituales.
Pero Markens advierte que no todos los juegos fueron iguales. Mesoamérica compartía patrones culturales, sí, pero cada región adaptó el juego a su historia, idioma y organización social.
Existen múltiples variantes: juego con cadera (documentado por Hernán Cortés); juego con manopla pesada de madera y cuero, como la pelota mixteca actual; canchas con aros de piedra y canchas sin aros.
Incluso hoy, comunidades mixtecas dentro y fuera de México organizan ligas y torneos, manteniendo viva una tradición que, aunque secularizada, conserva raíces profundas.
El juego dentro de la cosmovisión
Markens insiste en que no se puede aislar el juego de pelota como fenómeno exclusivamente deportivo. En el mundo mesoamericano no existían las separaciones modernas entre religión, economía y política.
Abrir una milpa implicaba pedir permiso al “Dueño” del cerro. Fundar una casa tenía dimensión ritual. Pastorear, sembrar, gobernar: todo formaba parte de una red moral y cosmológica.
El juego de pelota, en ese contexto, podía ser: espectáculo público, evento de entronización, ritual agrícola, mecanismo de competencia política, escenario de sacrificio, activador de economía (apuestas, intercambio, concentración poblacional).
En centros como Monte Albán -estado imperial temprano en la región- el juego pudo adquirir una dimensión imperialista: exhibición de cautivos, imposición de tributo, demostración de poder militar.
Jaguar, rayo y legitimidad
Con el surgimiento del estado zapoteca, el lenguaje visual cambia. El gobernante aparece asociado al jaguar -depredador supremo- y a Cocijo, señor del rayo. La serpiente de fuego, representación del rayo, se convierte en arma simbólica del poder.
El gobernante no sólo manda: controla el clima, la fertilidad, la guerra y el sacrificio. Su figura integra lo humano y lo sobrenatural.
Y la cancha de pelota, ubicada junto al centro administrativo, funciona como escenario donde ese poder se dramatiza.
Una nueva lectura
Durante décadas, la interpretación dominante del juego de pelota giró en torno al sacrificio cósmico, reforzada por relatos como el del Popol Vuh, donde los gemelos heroicos vencen a los señores del inframundo en la cancha.
Markens propone matizar esa lectura para el caso de Dainzú: allí el juego pudo ser menos sacrificial y más político-competitivo. Una forma de determinar liderazgo antes de la consolidación del Estado.
Cuando el Estado se consolida, el juego se integra plenamente a la maquinaria ideológica del poder.
La transformación del juego de pelota en el Valle de Oaxaca refleja algo más profundo que un cambio deportivo: evidencia el paso de una sociedad relativamente igualitaria a un sistema estatal jerárquico.
En Dainzú, el poder se disputa.
En el cerro, el poder se impone.
La cancha fue campo de juego, altar, tribunal político y teatro de legitimación. Y en su evolución puede leerse la historia misma del surgimiento del estado zapoteca.
Como sugiere Markens, no se trata sólo de entender cómo se jugaba, sino para qué se jugaba.
Y ahí, la pelota deja de ser objeto deportivo para convertirse en instrumento de poder.