
La intervención jamás realizada
Punto de quiebre
“La historia se repite primero como tragedia y después como farsa.”
—Karl Marx
Fundado en 1990 por el Partido de los Trabajadores de Brasil, el Foro de São Paulo nació como un espacio de articulación continental de partidos y organizaciones de izquierda y centroizquierda latinoamericana.
Su propósito era reunir esfuerzos políticos del continente para construir una alternativa frente al modelo económico y político que se imponía tras la caída del Muro de Berlín.
Treinta y seis años después, la historia parece colocarnos frente a una paradoja.
Brasil, el país donde nació el Partido de los Trabajadores y uno de los principales referentes de la izquierda latinoamericana, tiene muy altas probabilidades de convertirse en el escenario de una derrota histórica para ese proyecto continental.
La geopolítica ha adquirido una relevancia que quizá durante mucho tiempo subestimamos. El mundo ya no se divide únicamente entre izquierda y derecha. Los bloques se construyen alrededor de intereses políticos, económicos y estratégicos, pero también de valores como la democracia, las libertades, la seguridad y el Estado de derecho.
Por eso, lo que ocurre en Brasil trasciende sus fronteras.
La segunda vuelta presidencial enfrenta a Luiz Inácio Lula da Silva, uno de los grandes referentes de la izquierda latinoamericana, con Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro.
El resultado de la primera vuelta y la reconfiguración de las fuerzas políticas brasileñas abren un escenario que hace apenas unos meses habría parecido mucho más difícil de anticipar. La suma de apoyos que puede recibir el candidato bolsonarista, junto con la nueva correlación de fuerzas legislativas y estatales, permite proyectar una contienda con implicaciones que van mucho más allá de la sucesión presidencial.
Si esa tendencia se confirma en las urnas, no estaremos solamente ante un cambio de gobierno. Estaremos ante un poderoso símbolo del cambio de ciclo político en América Latina.
El péndulo parece desplazarse nuevamente hacia el lado opuesto.
Durante las últimas décadas, América Latina experimentó distintos momentos de expansión de gobiernos identificados con la izquierda. Algunos llegaron y permanecieron en el poder mediante procesos democráticos; otros terminaron erosionando las instituciones hasta desembocar en regímenes autoritarios.
Hoy, el panorama regional presenta señales de reconfiguración. Perú, Colombia y Brasil, desde sus propias circunstancias, forman parte de una secuencia política que merece observarse en conjunto.
No se trata de afirmar que todos los países recorren el mismo camino, sino de reconocer que las tendencias electorales, el desgaste de los gobiernos y las expectativas sociales pueden anticipar transformaciones que todavía no terminamos de dimensionar.
La discusión, por ello, ya no debería reducirse a etiquetas ideológicas. El verdadero debate es qué modelo de sociedad queremos construir y, sobre todo, qué instituciones estamos dispuestos a defender.
¿Democracia? ¿Libertad? ¿Alternancia? ¿División de poderes? ¿Estado de derecho?
Esos conceptos deberían estar por encima de cualquier partido.
Una eventual derrota de Lula tendría, además, una carga histórica difícil de ignorar: uno de los principales protagonistas del ciclo político asociado al Foro de São Paulo podría perder precisamente en el país donde nació aquella organización.
La política tiene esas ironías. Los proyectos que parecen permanentes también pueden agotarse.
Los electores cambian, las sociedades cambian y por consiguiente, tarde o temprano también cambian sus gobiernos.
México observa este proceso desde una posición particularmente relevante.
Nuestro país no puede analizarse como una copia de Brasil, ni Brasil como una copia de México. Cada nación tiene su propia historia, sus instituciones, sus problemas y sus circunstancias.
Sin embargo, el mapa latinoamericano podría estar entrando en una nueva etapa.
Una derrota del Partido de los Trabajadores convertiría a Brasil en uno de los principales símbolos de la reconfiguración política del continente y dejaría a México como el principal referente institucional de la izquierda latinoamericana entre los países de la región que conservan sistemas democráticos, frente a la persistencia de los regímenes autoritarios de Cuba y Venezuela.
Por eso la trascendencia de la elección brasileña. No solamente por quién ocupará el Palacio de Planalto, sino por lo que su resultado podría representar para una corriente política que durante décadas se presentó como una fuerza histórica de transformación continental.
¿Está América Latina entrando nuevamente en una etapa de alternancia y desplazamiento del péndulo político?
La respuesta definitiva todavía está por escribirse en las urnas. Pero los cambios políticos en Perú y Colombia, junto con el escenario brasileño, ofrecen elementos para anticipar una reconfiguración regional que merece atención.
Hay algo que, sin embargo, trasciende cualquier pronóstico:
ningún proyecto político es eterno. Ni siquiera aquellos que durante décadas parecieron formar parte de una corriente histórica imparable.
Quizá el verdadero punto de quiebre no sea la derrota de un partido, sino el agotamiento de una idea de poder que confundió la permanencia con la legitimidad y la identidad ideológica con la capacidad de gobernar.
Ninguna ideología, por poderosa que parezca, puede sostener indefinidamente gobiernos incapaces de producir resultados. Cuba y Venezuela son recordatorios de esa realidad.
La historia no se detiene ante ideologías que no mejoran las condiciones de vida de sus seguidores. El poder, tarde o temprano, termina enfrentándose a la realidad.