
La intervención jamás realizada
INDICADOR POLÍTICO
Las elecciones legislativas y estatales en Estados Unidos dentro de 22 días tienen un matiz eminentemente local; los electores no sufragarán por agendas extranjeras, sino por tres valores esenciales del ser estadounidense: la codicia, el American way of life o confort del modo de vida americano y la superioridad geopolítica que Trump revalidó como grandeza y nueva proyección del Destino Manifiesto.
La elección intermedia local de 2026 reproducirá el escenario social de noviembre de 2024: la convicción de que Estados Unidos había perdido parte de su dinamismo dominante en el mundo por los cargos de conciencia de presidentes demócratas que carecieron de formación geopolítica y militar —William Clinton, Barack Obama y Joseph Biden—, en tanto que el republicano George Bush Jr. logró la reelección en 2004 porque revivió el miedo al terrorismo musulmán que había derribado las Torres Gemelas de Nueva York.
Los enfoques de cargo de conciencia de políticos demócratas y no pocos republicanos no tienen nada que ver con los valores reales que convirtieron a Estados Unidos, de 1823 a 1918, de una pequeña sociedad de emigrantes en la lengüeta de la costa este, de aproximadamente el 12 por ciento del territorio actual de EU, en la potencia más poderosa y rica del planeta y en la sociedad de confort de un 10 por ciento de habitantes que se ha convertido en el sueño americano del bienestar individual.
Trump supo encontrar en 2023 el inconsciente colectivo de Estados Unidos para borrar los saldos negativos de su primera gestión presidencial, cuando las limitaciones le hicieron perder en su primer intento de reelección, y logró recuperar el espíritu hegemónico de Estados Unidos en la culminación de una fase más de desconcierto que de reorganización, que comenzó con el desmoronamiento de la Unión Soviética en 1991, lanzó una amenaza criminal el 11 de septiembre de 2001 y apoyó el discurso bélico de Bush Jr.
En las elecciones estadounidenses votan los gringos, asumiendo este concepto no como una caracterización negativa, sino como una definición de una forma de ser. Y ahí están los migrantes mexicanos legales, que suman varios millones de personas —además de los originarios de otras comunidades y sociedades similares—, que se han incorporado a la vida nacional americana en función de los valores que tienen que ver con el bienestar derivado del capitalismo exaccionista de los recursos naturales y humanos de otras naciones.
Pocos migrantes mexicanos son los que votan pensando en México, y ahí justamente cayó como anillo al dedo la iniciativa nacionalista de la presidenta Sheinbaum Pardo de poner limitaciones al modelo de la doble nacionalidad, que estaba más bien desnacionalizando a los mexicanos y agringando a los que lograron su tarjeta de residencia.
Y los gringos votan en función de los valores que han convertido a Estados Unidos en la potencia número uno del planeta: la codicia, el individualismo y el confort. El sueño americano de los migrantes mexicanos no es tratar de conquistar a Estados Unidos para recuperarlo a como era antes de 1847 por la vía de los mariachis, los tacos y las celebraciones pagano-religiosas del catolicismo que cinceló el sentimiento religioso de los mexicanos cuando destruyó a sangre y fuego la cultura politeísta de los pueblos originarios, que fueron convertidos a la religión católica a través de la Santa Inquisición.
El sentimiento de recuperación del espíritu gringo se resumió en la frase de campaña de MAGA: Make America Great Again, o "Hagamos grande otra vez a Estados Unidos", sobre todo cuando el votante en la urna lo confrontó con el mensaje confuso de las candidatas Hillary Clinton, en 2016, y Kamala Harris, en 2024, que trataron de introducir en el votante un cargo de conciencia: que su confort no debería ser el único motor o dinamo social en la vida americana y que debía reaparecer una justicia distributiva que contrastaba totalmente con el sueño americano de ganar muchos dólares y vivir en el confort, aunque rodeado de violencia, drogadicción, pobreza y resentimientos sociales de quienes no se han podido sumar a la quimera del bienestar y viven en la pesadilla de la marginación social.
Trump ha estado apretando justamente los botones sociales históricos del gringo como ser social que solo busca —y con razones que no son condenables, salvo con criterios morales— el confort, que solo se logra a costa de la explotación de las mayorías no propietarias y, desde luego, de la exacción de las sociedades de otros países que tienen los recursos naturales que requiere la maquinaria del confort de Estados Unidos.
En ese ambiente se decidirá el voto por Trump o contra Trump.
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Política para dummies: la política viste el traje social de la dialéctica entre solidaridad y explotación.
@carlosramirezh