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Punto de quiebre
La honestidad de un gobierno no se mide por la severidad con que persigue a sus adversarios, sino por su disposición a aplicar la ley a sus amigos.
Luis Carlos Ugalde
Desde la antigua Grecia, con sus muchas dudas, críticas destructivas y constructivas, la democracia ha demostrado ser la mejor forma de gobierno por una razón fundamental: asegura la posibilidad de elegir, en libertad y por periodos determinados, quién o quiénes nos gobiernan.
Más allá de eso, la democracia no resuelve por sí misma los problemas económicos, de salud, de seguridad ni ningún otro de los grandes desafíos de una sociedad. Atribuirle más respuestas, o más problemas de los que realmente le corresponden es, en cierto sentido, vituperar el gobierno del pueblo.
A principios de 2016 tuve la fortuna de tomar clases para la Maestría en Gobierno y Políticas Públicas con el doctor Luis Carlos Ugalde, quien fuera presidente del entonces Instituto Federal Electoral entre 2003 y 2007 y a quien le correspondió conducir el órgano electoral durante la polémica elección presidencial de 2006, en la que Felipe Calderón resultó ganador por un margen muy reducido.
La clase que tuve la oportunidad de tomar con semejante personaje fue precisamente la de democracia. Fueron varios módulos y, particularmente, me parecía extraño que se dedicaran tantas horas a un tema que, aunque desde luego reconocía como importante, no imaginaba que pudiera ocupar tanto tiempo.
La última clase fue, por mucho, la más especial: la democracia como estilo de vida.
Palabras más, palabras menos, la democracia es un estilo de vida que tiene que ver, en primer momento, con la libertad: libertad para pensar, para expresarse, para votar y para ser votado; libertad para disentir, para participar y para construir una sociedad en la que las diferencias no sean motivo de persecución.
Pero también aprendí que la democracia, como cualquier valor humano, es susceptible de deteriorarse y de formar parte de la anomia social; es decir, de ese momento en el que las reglas, las leyes o las normas pierden fuerza o dejan de tener efecto para guiar la conducta de las personas.
Por eso la democracia necesita perfeccionarse en el ejercicio mismo de las libertades. Necesita ciudadanos que la ejerzan, instituciones que la protejan y, sobre todo, una sociedad dispuesta a cuidarla.
Hoy, más que nunca, aquellas palabras cobran relevancia.
Las listas de periodistas, políticos y difusores digitales difundidas desde el ámbito de la Presidencia de la República, como si pensar diferente pudiera convertirse en un estigma; la persecución política que algunos atribuyen al caso del senador Alejandro Moreno Cárdenas; y la relación cada vez más compleja entre México y Estados Unidos nos obligan a preguntarnos dónde están los límites de nuestras libertades y hasta dónde estamos dispuestos a defenderlas.
Incluso asuntos como tener o no tener una visa para ingresar a otro país nos recuerdan que la soberanía tiene límites y que cada nación tiene derecho a establecer las condiciones de entrada a su territorio. Pero una cosa es la soberanía de un Estado y otra muy distinta es utilizar las diferencias políticas como argumento para restringir o estigmatizar libertades dentro de una democracia.
La democracia requiere, hoy más que nunca, del cuidado de la tolerancia.
Que se gane o se pierda una elección es parte de la democracia. Que un partido gobierne o que otro sea oposición también lo es. Que existan distintas maneras de pensar, de organizarse y de entender el futuro de un país no es una amenaza: es precisamente la esencia de una sociedad libre.
El verdadero valor está en preservar la competencia, incluso cuando el resultado no nos favorece.
Porque el punto de quiebre no está en perder una elección. Tampoco está en que gobierne alguien con quien no estamos de acuerdo.
El punto de quiebre aparece cuando comenzamos a aceptar que la libertad puede tener condiciones.
Y no puede.
Porque una democracia sin libertad sencillamente deja de ser democracia.