
Deja huracán Simón inundaciones y daños carreteros en Oaxaca
Mucha gente se descoloca, no entiende. En la calle, cuando conversas con un desconocido,
estás ejecutando una obra de arte.
Para Ana Franco y Ana Cue
—¿Dónde se exponen tus trabajos?
—Aún busco lugar en la ciudad, no lo encuentro; pero ten por seguro que tú serás la primera persona en saberlo.
La cita fue para el jueves, a las 7 de la tarde, Av. del Taller, a un costado de la estación Chabacano.
La degustación la coordinó Meli Roura, la madrina de los mezcales.
¿De qué trata una degustación de mezcales artesanales ofrecidas en un taller de cerámica?
No lo sé.
Llegó Meli, que colabora con Canal 11 de Televisión.
Y estaba la mochila Casa de Oruga recién adquirida en La Lagunilla repleta de mezcales, envasados en relumbrante y frágil cristal.
Y estaba el Metro, su traslado desde Ciudad Azteca hasta aquellas distancias de San Antonio Abad, al sur.
Y estaban los transbordos, dos.
La cosa comenzó así: tenía quesillo de Oaxaca, de Etla. Y las ganas que te produce esta ciudad de compartir mezcales con los amigos. Escuchar sus risas, el tono de sus voces. Los colores de la ciudad al caer la tarde. Los autos que languidecen de velocidad y rutina al atardecer —como dinosaurios en la hora de su extinción.
¿Los promotores de los mezcales artesanales estamos preparados para enfrentar los desafíos producidos por la era industrial de los mezcales?
Sí lo sé, no lo estamos.
Escucho a un viejo pintor español: “Estoy en contra del formalismo”, dice.
Pintar es informal.
Si yo pinto una cara debo hacer el trazo que logre, en quien la mira, que reconozca por ellos a la persona que está en su cabeza. ¿Pero qué sé yo qué tiene en la cabeza?
Si quieres hacer un retrato de alguien que se parezca al retratado debo apoyar, favorecer, con mi trabajo al modelo; imagina esto, que el tipo tiene la boca demasiado grande, ¿qué puedo hacer? ¿Dibujarlo bocón?
Dibujar siempre será un regalo (un deseo sin representación).
“Tire usted la línea con un poco de inclinación hacia acá”.
Pero yo quiero hacer la línea recta, ¿quién me obliga a mentir?
Yo solo busco andar por la libre.
A los pintores les piden que pinten cuadros para empresas, pero esos espacios están saturados por mujeres y hombres solemnes, demasiado formales.
Y yo pinto lo que me gusta.
Me piden que pinte.
“Pues no me da la gana”, escucho que responde el viejito pintor español.
En sus palabras encuentro esto: la mejor edad para pintar es la vejez, a nadie interesa lo que hacen o dejan de hacer los viejos.
Podemos estar tanto tiempo frente a los objetos, sin movernos.
Los viejos rompemos casilleros a los que la academia perversa obliga a meterse a la gente joven, para que a esa edad tan tierna ocupen el espacio de los artistas.
El arte es el espacio donde introducen a la designación que hicieron otros de la palabra “arte”.
Para mí que el arte es crear algo nuevo.
Busco la respuesta en las calles de CDMX.
La ciudad muere de agobios, se marchita con esta burocracia de izquierda.
Sofocones.
Esa tarde del jueves no tuve más que montar la bolsa de los mezcales a mi espalda y emprender el camino en busca de los amigos.
Los pintores se indignan cuando no les dicen artistas.
La pintura es una cosa institucionalizada.
CDMX tiene eso, nadie se extravía si se está en la calle con una razón.
Las direcciones están a un paso, si se sabe preguntar.
—¿Ve usted esa tienda del Tres B?, el taller está a un lado.
—¿Puedes ver una tienda? Al lado —Meli dando referencias por el Watts, para llegar al punto indicado.
Los mezcales a la espalda, la violencia de aromas y sabores del quesillo cubierto por una mano bordada en los Valles Centrales.
A políticos y gobernantes les importa un bledo el arte.
Los reconocimientos del gobierno son compromisos percibidos.
La cultura está sacralizada; los artistas son los santos del día.
