
Preserva productor 300 variedades de pitahaya en Telixtlahuaca
Punto de quiebre
“La riqueza es una dádiva de la suerte, que la quita y la da. La gloria es inestable. La belleza es efímera; la salud, inconstante. La fuerza física cae presa de la enfermedad y la vejez. La instrucción es la única de nuestras cosas que es inmortal y divina. Porque solo la inteligencia rejuvenece con los años y el tiempo, que todo lo arrebata, añade a la vejez sabiduría”.
Irene Vallejo
Siempre he sostenido que la educación transforma. No lo afirmo desde la teoría, sino desde la experiencia: la propia y la de personas cercanas. La educación modifica la manera en que entendemos la vida, el mundo y nuestro lugar en él. Nos brinda herramientas para comprender la realidad y, sobre todo, para cuestionarla.
En México, a través de la llamada Nueva Escuela Mexicana, el oficialismo pretende romantizar la educación mediante una supuesta “batalla cultural”, priorizando lo comunitario por encima del desarrollo individual. Esta visión, sin embargo, ignora un principio esencial: el crecimiento colectivo solo es posible cuando existen individuos formados, críticos, autónomos y, en última instancia, plenos y felices, como fin último de la existencia humana.
El desarrollo de habilidades blandas —como la inteligencia emocional, el trabajo en equipo, el liderazgo y el pensamiento crítico— no es opcional. Es una obligación en cualquier sistema educativo serio. Estas competencias no sustituyen el conocimiento; lo complementan. Son, para decirlo con una analogía simple, el aceite que permite que el motor de la formación académica funcione correctamente.
Lejos de fortalecer estas capacidades, la Nueva Escuela Mexicana parece apostar por un modelo de adoctrinamiento, sustentado en lecturas parciales e ideologizadas de la historia. Aquí emerge una contradicción profunda: educar no es imponer una visión del mundo, sino formar ciudadanos capaces de analizar, contrastar y criticar hechos comprobables y reales, aplicando el método científico; en otras palabras, pensar antes de aceptar.
El cambio de paradigma del individuo a la comunidad puede resultar atractivo en el discurso, pero en la práctica es problemático. La educación primaria y secundaria deben garantizar lo esencial: lectura, escritura, aritmética básica y habilidades psicosociales sólidas. Solo sobre estos cimientos puede construirse, en el bachillerato, la autonomía, el liderazgo y el trabajo colaborativo.
Si lo pensamos con honestidad, estas habilidades no solo impactan en el mercado productivo, sino también en las familias y en la vida pública. Son, en última instancia, un factor determinante para el desarrollo nacional. Cambiar el modelo educativo no basta; el verdadero reto es mejorarlo, no sustituir la formación crítica por consignas ideológicas.
En plena era del desarrollo acelerado de la inteligencia artificial, insistir en hechos históricos inexactos y discursos doctrinarios no solo resulta anacrónico, sino peligroso. Más que una política educativa, parece el lenguaje de la fe ciega, no el de la razón.