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Punto de quiebre
“Yo no vengo a trabajar por la Universidad, sino a pedir a la Universidad que trabaje por las personas.”
José Vasconcelos
La Universidad Nacional Autónoma de México no es solamente la institución de educación superior más importante del país; es uno de los mayores símbolos de movilidad social. Desde su fundación, el 22 de septiembre de 1910 por Justo Sierra, la Universidad ha representado la posibilidad de que el talento, el esfuerzo, sumado al compromiso y no el origen, determine el destino de miles de jóvenes.
Hoy, con más de 300 mil estudiantes y una oferta educativa de 123 licenciaturas, la UNAM es una de las universidades más grandes y prestigiosas del mundo. Su lema, “Por mi raza hablará el espíritu”, resume la vocación humanista de una institución donde convergen todas las ideas, todas las regiones y prácticamente todas las realidades sociales de México.
Precisamente por ello, su examen de admisión no es un simple trámite. Es uno de los procesos académicos más relevantes del país y un fenómeno social que año con año moviliza a más de 160 mil aspirantes. La competencia es feroz: apenas alrededor del 13.8 % logra obtener un lugar. En esas condiciones, la confianza en el proceso resulta tan importante como el propio examen.
La decisión de migrar hacia un modelo digital era correcta. Negarse a la innovación significaría condenar a la Universidad a quedarse atrás en un mundo donde la tecnología transforma todos los ámbitos de la vida. Además, la aplicación de exámenes digitales impulsa el desarrollo de habilidades tecnológicas indispensables para las nuevas generaciones.
El problema no es innovar.
El problema fue implementar una innovación sin los candados tecnológicos y éticos suficientes.
Las denuncias sobre posibles filtraciones, respuestas disponibles en internet y vulnerabilidades tecnológicas pusieron en entredicho un proceso cuya principal fortaleza siempre había sido la credibilidad. Los propios resultados despertaron dudas: el promedio histórico de aciertos aumentó de manera considerable y el número de puntajes perfectos creció respecto de años anteriores. Independientemente de las conclusiones que emita la comisión técnica de la Universidad, el daño a la confianza pública ya estaba hecho.
Este episodio deja tres lecciones ineludibles.
Primero, la transformación digital exige inversiones serias en ciberseguridad, infraestructura y pruebas técnicas. La tecnología no puede improvisarse.
Segundo, ningún sistema será suficiente si una parte de la sociedad sigue considerando que hacer trampa es una forma válida de competir. La integridad académica también es un valor que debe enseñarse y castigarse.
Y tercero, la inteligencia artificial y las nuevas herramientas digitales no representan el enemigo. El verdadero riesgo aparece cuando las instituciones son incapaces de ser parte del hoy con lo que ello implica.
El punto de quiebre consiste en entender que la innovación y la seguridad no son objetivos opuestos; son condiciones inseparables. La UNAM debe perfeccionar su sistema mediante bancos aleatorios de reactivos, monitoreo en tiempo real, auditorías tecnológicas independientes y protocolos que garanticen igualdad de condiciones para todos los aspirantes.
La Universidad hizo lo correcto al suspender temporalmente el proceso y convocar a especialistas para revisar lo ocurrido. Reconocer un error nunca debilita a una institución; lo que realmente la debilita es negarse a aceptarlo y posteriormente a corregirlo.
La historia de la UNAM demuestra que ha sabido reinventarse durante más de un siglo. Esta no debería ser la excepción, pero las dudas generadas desde el acercamiento político al poder hace que se generen dudas.
La tecnología cambia la forma de presentar un examen, pero nunca debe poner en duda el mérito, la igualdad de oportunidades ni la confianza en la educación pública y a la gran institución que es la UNAM. Si la máxima casa de estudios quiere seguir siendo referente para México y América Latina,