
Lleva Yugen el barro de Oaxaca al cine de animación internacional
Apunte diario sobre letras hipnóticas
Las semillas de girasol 🌻 del español en castellano
El vertiginoso trayecto de la eñe.
IMPUNIDAD
Cuando el delito deja de temer a la justicia
Hay palabras que pesan más que una montaña.
No por sus sílabas.
Sino por el silencio que dejan detrás.
Una de ellas es impunidad.
La voz procede del latín impunitas, impunitatis, formada por el prefijo in- («no») y poena («pena» o «castigo»). Su sentido original era sencillo y terrible:
Ausencia de castigo.
El Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española la define con sobriedad:
Impunidad: Falta de castigo.
Dos palabras.
Pero dos palabras capaces de explicar el derrumbe de civilizaciones enteras.
Porque la impunidad no consiste solamente en que un culpable no vaya a prisión.
La impunidad comienza mucho antes.
Empieza cuando alguien descubre que puede mentir sin consecuencias.
Cuando puede robar sin devolver.
Cuando puede abusar del débil sin recibir reproche.
Cuando puede traicionar la confianza pública y, aun así, conservar el poder.
La impunidad es la prima hermana de la corrupción.
Es la madre del cinismo.
Y es la mejor aliada del miedo.
Los romanos comprendieron que ningún imperio podía sostenerse si la ley distinguía entre poderosos y humildes. De ahí nació una de las ideas más revolucionarias de la historia: la ley debe ser superior a quienes gobiernan.
Cada vez que esa idea se rompe, aparece la impunidad.
No importa el país.
No importa el siglo.
No importa el uniforme.
La historia vuelve a comenzar.
La impunidad es también una enfermedad moral.
No destruye solamente tribunales.
Destruye la confianza.
Cuando el ciudadano deja de creer que la justicia llegará, empieza a pensar que únicamente sobreviven los más fuertes.
Y cuando una sociedad llega a ese punto, ya no discute sobre el bien y el mal.
Discute únicamente sobre quién tiene más poder.
Entonces desaparece el mérito.
La honestidad parece ingenuidad.
El trabajo parece inutilidad.
Y la corrupción empieza a parecer inteligencia.
Ése es el mayor triunfo de la impunidad: convencer a los hombres buenos de que ser buenos no sirve para nada.
Pero la historia también enseña otra lección.
Toda impunidad termina.
A veces tarda años.
A veces décadas.
A veces generaciones.
Sin embargo, ninguna mentira resiste eternamente frente a los documentos, la memoria, la conciencia y el paso del tiempo.
La verdad puede caminar despacio.
Pero camina.
La justicia puede parecer dormida.
Pero no siempre permanece dormida.
Por eso el combate contra la impunidad no pertenece solamente a jueces, fiscales o policías.
Pertenece también a maestros que enseñan honestidad.
A periodistas que investigan.
A ciudadanos que denuncian.
A escritores que nombran aquello que muchos prefieren callar.
Y pertenece, sobre todo, a quienes educan a los niños para que comprendan que la libertad jamás significa hacer cualquier cosa, sino responder por las consecuencias de nuestros actos.
La impunidad florece donde la memoria desaparece.
Pero…
No me digan que la ley es la ley.
No existe una cita clásica latina exactamente con esas palabras, pero sí varias fórmulas del derecho romano que expresan esa idea.
La más elegante sería:
Lex supra omnes est.
La ley está por encima de todos.
Si deseamos enfatizar que incluso los gobernantes están sometidos a ella:
Lex supra gubernantes est.
La ley está por encima de quienes gobiernan.
O con un sabor más clásico:
Legibus omnes servi sumus, ut liberi esse possimus. — Cicerón
«Somos siervos de las leyes para poder ser libres.»
Y una máxima jurídica muy conocida:
Nemo est supra leges.
Nadie está por encima de las leyes.
Para el espíritu de Letras Hipnóticas, propondría esta sentencia en latín:
Lex principibus superior est.
La ley es superior a los gobernantes.
Es breve, solemne y transmite con fuerza la idea de que el poder debe estar sometido al derecho.
La justicia florece donde la verdad encuentra quien la pronuncie.
Por eso, en el vertiginoso trayecto de la Ñ, esta palabra merece ser contemplada con atención.
Nos llama la atención la desatención impune a la impunidad.
Porque no basta con conocer su etimología.
Hace falta impedir que se convierta en costumbre.
Que la Ñ florezca.
Y que la verdad prevalezca.
¡CHUÑ! 🌻