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López Obrador: riesgo de violencia por resultado electoral

Adrián Ortiz Romero Cuevas | Al Margen
 
| 13 de marzo de 2018 | 8:18
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CIUDAD DE MÉXICO, 13 de marzo de 2018.- No es nuevo, ni es casual, lo que le dijo Andrés Manuel López Obrador a los banqueros respecto a los efectos de un posible fraude electoral en su contra. El señalamiento alarmó a más de uno, aunque en realidad el tabasqueño no hizo sino recordar un antiguo episodio en su larga carrera por la Presidencia de la República: el apretado y cuestionado triunfo electoral del candidato presidencial del PAN, Felipe Calderón Hinojosa, y las decisiones que se tomaron en ese complejo año en el que la gobernabilidad pudo haberse desbordado en diversas regiones del país.

En efecto, en la reunión con los banqueros mexicanos, López Obrador respondió a la pregunta de Leonardo Curzio respecto a si habría de reconocer los resultados de la elección del 1 de julio, aun si no le fueran favorables. La respuesta fue: “si las elecciones son libres, son limpias (y pierdo) me voy a Palenque, Chiapas, tranquilo”. La gente sabe que allí está su rancho, al que bautizó como ‘La chingada’. Pero, agregó, “si se atreven a hacer un fraude electoral, yo me voy también a Palenque, y a ver quién va a amarrar al tigre. El que suelte al tigre que lo amarre, ya no voy a estar yo deteniendo a la gente”.

En esa lógica, el periodista Enrique Quintana recordaba en su columna de ayer (http://bit.ly/2DmJba3) que López Obrador ha dicho en varias ocasiones que en 2006 tomó la decisión de hacer el plantón en el zócalo y Reforma para contener a la gente y explicó que, de no haberlo hecho así, habría habido tanto coraje y furia que “habría habido muertos”. Ante ello, ¿en verdad habría ocurrido una cuestión de esta magnitud de no haber habido una contención por parte del mismo López Obrador sobre sus simpatizantes, y sobre los grupos que se inconformaron con el resultado electoral y, sobre todo, con la sospecha de que en 2006 sí hubo un fraude electoral para robarle la Presidencia?

Al margen de cualquier fatalismo, y de lo que pudiera decir el mismo López Obrador a doce años de distancia, parece que la respuesta es afirmativa. Y lo es por razones que son conocidas desde entonces. En este espacio apuntamos, el 22 de abril de 2009, que Felipe Calderón Hinojosa llegó a la Presidencia de la República en condiciones de enorme fragilidad respecto a la legitimidad democrática de su elección, y con el agravante de tener en incubación la revuelta magisterial que entonces ocurría aquí en la Verde Antequera. Evidentemente, había posibilidades de que la semilla de la beligerancia se extendiera en el país, se combinara con el tema postelectoral que defendía López Obrador, y se convirtiera en la semilla de un nuevo conflicto denominado revuelta popular, guerra civil o revolución. Todo eso pudo pasar.

¿Por qué no pasó? La respuesta completa tiene un sinfín de aristas. Enumeremos sólo algunas de ellas. Calderón arribó a la Presidencia en un contexto social y político de un riesgo de estallido social que no se había visto en el país en décadas. Entendiendo esa condición, tenía como una de sus principales premisas la de no reprimir ninguna expresión opositora, pero tampoco permitir que esas expresiones se desbordaran. Caer en cualquiera de los dos polos pudo haber desencadenado un conflicto social o bélico. Así, trazó varias rutas que hasta el momento se han cumplido.
El tigre siempre estuvo ahí

Apuntamos en aquella entrega de abril de 2009: “El tema más delicado era —y sigue siendo— López Obrador. El gobierno federal se ha encargado simplemente de no molestar al movimiento del Gobierno Legítimo. Cada que quiere, el ex Candidato realiza manifestaciones multitudinarias, mítines y propone movimientos en defensa de temas determinados. Calderón, hasta ahora, no ha caído en la martirización de su principal detractor. Pero tampoco lo ha dejado crecer.

“¿Cómo ha logrado esto? Nos guste o no, ello lo ha conseguido a través de la lucha contra el crimen organizado. Es un efecto colateral. Armar a los cuerpos policiacos, incrementar su presencia, sacar al Ejército de sus cuarteles e involucrarlo en las tareas de seguridad pública, y ser parte del incremento desmedido de la violencia, ha provocado en los ciudadanos miedo de salir a las calles —lo mismo a protestar por temas políticos que casi por cualquier otra razón. De nuevo, nos guste o no, esa es una de las razones por las que el movimiento lopezobradorista se ha ido desmantelando.

“Evidentemente, la lucha contra el crimen tiene también un importante efecto sobre posibles brotes armados. Esto por la misma razón: el gobierno federal está armando y reorganizando a los cuerpos de seguridad —municipales, estatales y federales— recibiendo asesoría de Estados Unidos. Aunque no hay una causa política, el rearme desalienta los brotes bélicos. En las condiciones actuales, sería más difícil que un grupo de ciudadanos sublevados saliera a las calles a enfrentar a los representantes del orden.

“Si AMLO hubiera llamado en 2006 a defender su triunfo electoral con las armas, en todo el país habría habido mexicanos dispuestos a tomar el camino de la beligerancia. A pesar de sus errores y excesos prefirió la vía pacífica, lo cual debe reconocerse. Por todo eso, lo ocurrido en Oaxaca durante ese aciago año, debe ser el ejemplo en el país de lo que no debe ocurrir. Ello también da las pautas para pensar que México no está ante un riesgo potencial de una conflagración armada.”

¿Qué podemos deducir de todo esto? Que, como ahora lo recordó López Obrador, fundamentalmente en 2006 hubo un enorme riesgo de estallido social y de desbordamiento de la violencia, a partir del resultado electoral. Que en gran medida fue él quien detuvo ese desbordamiento. Y que para permitir un desfogue de la efervescencia social y política que generó aquella situación, hubo que establecer mecanismo alternos como lo fue el plantón en el zócalo y Paseo de la Reforma, en 2006. Evidentemente, ninguna de esas acciones es digna de aplausos. Pero en un contexto tan complejo como el de aquel entonces, e incluso como el de ahora, lo cierto es que todo ello cobra sentido.
El elefante en la sala

Al final, lo que es evidente es que el llamado “tigre” al que aludió López Obrador, siempre ha estado ahí. Ha sido, como se dice coloquialmente, un elefante en la sala al que sólo no han visto quienes no han querido verlo, a pesar de su tamaño, de su vistosidad, y de la imposibilidad de ignorarlo desde una perspectiva objetiva. Por eso mismo, es necesario entender que independientemente de que el comentario de López Obrador sea una especie de amenaza (la relativa a que él ya no estará ahí para detener al tigre, sino en Palenque), también es cierto que hay posibilidades que no se inventaron ni se pueden pasar hoy por alto.

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