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Punto de quiebre
La falta de educación, o la mala calidad de la misma, genera desigualdad social. La brecha entre la educación pública y la privada continúa creciendo, y las razones sobran: falta de presupuesto, sindicalismo, desigualdad económica y social, además de una planeación educativa deficiente.
La prueba PISA, uno de los referentes internacionales más reconocidos para evaluar el desempeño de los estudiantes, volvió a colocar a México frente al espejo de su realidad educativa.
Los resultados más recientes muestran un escenario preocupante. México obtuvo un promedio de 403 puntos, muy por debajo del promedio de la OCDE. El dato no debería ser tomado como una simple estadística: detrás de cada punto hay estudiantes que tendrán que enfrentar un mundo cada vez más competitivo con herramientas que, en muchos casos, no están recibiendo en las aulas.
Competir por mejores oportunidades de desarrollo económico y social es una aspiración genuina y legítima. Durante décadas, la educación fue considerada uno de los principales vehículos de movilidad social. Hoy, esa promesa parece estar perdiendo fuerza.
La Nueva Escuela Mexicana fue, desde su implementación, objeto de críticas por el enfoque de sus contenidos y por el riesgo de privilegiar una visión colectiva por encima del desarrollo individual. El problema no es formar ciudadanos conscientes de su comunidad; el problema aparece cuando, en ese propósito, se dejan en segundo plano conocimientos fundamentales como la aritmética, la comprensión lectora y las ciencias.
Un proyecto educativo que privilegie la ideologización por encima de la ciencia y del desarrollo de capacidades corre el riesgo de condenar a nuestros estudiantes al rezago desde el propio diseño del sistema.
La ciencia representa uno de los mayores logros de la humanidad precisamente porque cuestiona, prueba, se equivoca, corrige y vuelve a intentar. La educación debería seguir una lógica semejante: evaluar resultados, reconocer errores y modificar aquello que no funciona.
Hacer patria va mucho más allá de un discurso. Construir país significa construir instituciones sólidas y formar generaciones de mexicanos capaces de enfrentar los retos del futuro con la mejor preparación posible.
Si queremos dejar de retroceder en materia educativa, necesitamos revisar de fondo el modelo y emprender una verdadera reforma que coloque nuevamente en el centro el conocimiento, la ciencia, las capacidades y las habilidades de nuestros estudiantes.
También debemos atender otros factores que inciden en el aprendizaje. Los propios análisis relacionados con PISA han advertido sobre el impacto que pueden tener los teléfonos celulares, la capacidad de atención y el esfuerzo de los estudiantes en el desempeño académico. No todo el problema está en el modelo educativo, pero tampoco podemos ignorar lo que los resultados nos están diciendo.
México no necesita una educación atrapada en discursos ideológicos. Necesita una educación que prepare a sus jóvenes para competir, innovar, crear y transformar su realidad.
El verdadero punto de quiebre está en decidir qué país queremos construir a partir de sus aulas.
No podemos seguir descalificando la prueba PISA simplemente porque sus resultados son incómodos. Las matemáticas son, quizá, uno de los lenguajes más universales que existen; y aunque la lectura esté condicionada por el idioma, las capacidades de comprensión, análisis e interpretación pueden evaluarse bajo criterios comparables.
Para salir de un problema, primero hay que reconocer que existe. Y dicho de otra manera: lo que no se reconoce, difícilmente se puede resolver.
México necesita dejar de discutir si los resultados nos gustan o no y empezar a preguntarse qué estamos haciendo mal.
El verdadero fracaso sería negarnos a mirar la realidad.