OAXACA, Oax., 14 de marzo de 2021.- La buena política debe conducir a la sociedad a lograr sus fines a través de la democracia, es decir, de las elecciones, el gobierno y formas de vida bajo control constitucional.

El destino no es incierto porque está previsto por la comunidad nacional en normas e instituciones.

Se halla, por ejemplo, en el artículo 25 de la Constitución en el que anida el acuerdo de que el desarrollo debe ser integral, sustentable, para fortalecer la soberanía nacional y su régimen democrático.

Además, no se trata de que aumente la competitividad, el crecimiento económico, el empleo o incluso mejore la distribución del ingreso como fines en sí mismos.

Ese camino debemos transitarlo permitiendo el pleno ejercicio de la libertad y la dignidad de los individuos, grupos y clases sociales cuya seguridad está a cargo del Estado.

Debemos concretarlo manteniendo finanzas públicas y un sistema financiero estables. Al esfuerzo económico del país debemos concurrir todos los sectores con responsabilidad social.

Esas normas no deberían interpretarse aisladas. No.

Están relacionadas con el propósito que fue pactado y asumimos desde hace más de 70 años y está puesto en el artículo 3o de la Constitución:

La democracia en México es más que una estructura jurídica o un régimen político. Acá la entendemos en términos de un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo.

En esa ruta y destino, nadie debe ser excluido o discriminado. Para ello, las y los ciudadanos, candidatos y partidos, las mujeres y hombres habremos de participar sin violencia y acceder al gobierno con equidad y en paridad, a la vez que los integrantes de la diversidad étnica, cultural y desaventajada deben estar incluidos.

De modo que las campañas electorales que están iniciando o por comenzar nos brindan la valiosa oportunidad de evaluar los desempeños de partidos y gobiernos y decidir si les refrendamos la confianza o cambiamos de representantes.

Es indispensable considerar con la mayor objetividad posible el grado de cumplimiento o satisfacción de las promesas que nos hicieron antier o ayer y examinar las nuevas ofertas y propuestas.

Lo más importante. El rumbo no lo deciden unos cuantos, por más poderosos que sean.

El rumbo está acordado en la Constitución y reforzado por los compromisos internacionales que nosotros consentimos.

Si una recomendación pudiera ser prudente en esta temporada electoral, asolada pero no vencida por la pandemia y todo tipo de violencias, es que meditemos con tiempo y profundidad el sentido de nuestra participación y los sufragios que depositemos en las urnas el 6 de junio que viene.

En el desarrollo y la democracia integrales, amparados en nuestros derechos constitucionales, tenemos que caber todas y todos.

¿Quiénes nos plantean las estrategias y medidas para que ello ocurra en los mejores términos y la máxima efectividad conforme con la Constitución?