OAXACA, Oax., 9 de agosto de 2020.- La Organización de las Naciones Unidas (ONU), esa semilla de la Constitución global del futuro que en 2020 está cumpliendo sus primeros 75 años, declaró en 1993 al 9 de agosto Día Internacional de los Pueblos Indígenas (quizás, mejor, pueblos originarios).

Desde entonces, la ONU le ha puesto tema anual a esa conmemoración.

A lo largo de dos décadas, nos ha llamado a hacer de todos la causa indígena; a promover su desarrollo con identidad y respeto a los derechos humanos; a preservar idiomas y lenguas; a la reconciliación entre estados y pueblos, así como a la construcción de alianzas para promover sus intereses; a la protección de la salud y las creaciones intelectuales y artísticas; a la promoción educativa, el trabajo y la migración en condiciones dignas.

Este año, el de la pandemia por Covid 19, la ONU ha llamado a exaltar la resiliencia de pueblos y comunidades, cuyas prácticas en general y en muchos casos –no obstante sus conocidas vulnerabilidades– han sido muy útiles en su interior y han aportado al exterior ejemplos valiosos para evitar contagios y fortalecer la inmunidad física, mental y emocional frente al virus.

En honor a las luchas y resistencia histórica que siguen protagonizando los cerca de 480 millones de personas indígenas en 90 de los 193 países en el planeta ligados a la ONU, en particular las miles de comunidades mexicanas, oaxaqueñas y sus integrantes, habrá que continuar reiterando las demandas que menos se han atendido.

En mi opinión, la principal consiste en hacer realidad el principio de autodeterminación política e igualdad intercultural dentro del estado constitucional, democrático y social de Derecho.

Ese enunciado tan técnico y político significa, sencillamente, que todas las culturas tienen el mismo valor y mediante garantías institucionales efectivas se debe conseguir que las sociedades minoritarias puedan proteger y usar de manera libre sus propios recursos naturales y culturales, además de recibir de las sociedades y culturas mayoritarias los recursos necesarios para su reproducción y crecimiento.

No se trata de una quimera si no de las garantías que ya están pactadas y escritas en convenios internacionales y en la normatividad nacional, pero que no se cumplen en sus términos.

No se cumplen de manera consistente porque hay dos elementos que conflictúan con la sociedad mayoritaria, y que nos ha dejado bien claro el respetado jurista argentino-mexicano Oscar Correas (Q.E.P.D).

Se trata, primero, del fenómeno de familia ampliada que rompe con la diferenciación social e insolidaridad que distingue a la sociedad moderna.

Y, segundo, vinculada con aquel: la relación entre comunidad y propiedad en la que el individualismo cede prioridad a la propiedad comunal.

Se entenderá por qué las formas capitalistas más agresivas, como la minería y la explotación insostenible de recursos naturales comunales equivalen a la extinción de las minorías indígenas.

Se comprenderá que Declaraciones y Convenciones internacionales, así como Constituciones, leyes, actos administrativos y normatividad, en general, incluidas, sentencias y jurisprudencias judiciales, deban servir como instrumentos de garantía de la autodeterminación ejercida a través de los sistemas normativos indígenas.

Sin ese entendimiento y su práctica coherente y efectiva no habrá eficacia constitucional en la materia y la discriminación, minimización y exclusión continuarán.

El proceso de la civilización moderna capitalista –de mercado o de estado– sometió a pueblos y comunidades indígenas –minoritarias y hasta mayoritarias– al sistema de los estados-nación bajo un orden jurídico homogéneo con normas jerarquizadas oficialmente válidas.

El proceso de salvación de esa civilización no podrá tener lugar sin la reivindicación de la integridad de pueblos y comunidades y de la dignidad de sus integrantes.

El abuso de los recursos planetarios para fines privados y el rompimiento irreversible del tejido comunitario para favorecer un patrón (in)civilizatorio, enajenante e inhumano de vida apenas podra ya ser detenido y revertido si en el resto del siglo no se reordenan las prioridades globales, nacionales y locales en tal sentido.

En el mundo post-pandémico que comienza a ser imaginado y delineado, algún día lo que habrá que celebrar no es el día de los pueblos indígenas sino el día de todas y todos.