Raúl Ávila Ortiz | Oaxaqueñología

OAXACA, Oax., 7 de julio de 2019.- Los países democráticos que celebran elecciones con más de un partido en competencia por el poder se enfrentan hoy a retos antiguos y nuevos.

Los retos antiguos consisten en probar que siguen siendo la mejor opción en tanto régimen político y forma de vida, como lo han hecho en cada episodio dramático durante los siglos 19  y 20.

Régimen político porque la relación entre instituciones y sociedad debe corresponder a la de un Estado legítimo, activo, abierto, garante, eficaz y corresponsable en favor de la progresividad de los derechos humanos de la mayoría y, por lo tanto, del logro de la  justicia: 

Significa que las instituciones deben estar dispuestas  al servicio de la gente y no al contrario, y que ello ocurra desde la ventanilla de trámites hasta la oficina del juez que resolverá un posible conflicto. 

En tanto, forma de vida ya que la democracia debe arraigarse en la mentalidad y la práctica cotidiana de individuos y grupos, familias y amigos, escuelas, iglesias, sindicatos, empresarios, partidos y gobiernos.

Esto significa que la democracia comienza en nuestra mente, en el  corazón y en el lenguaje, en el trato y la acción.

En los días que corren la democracia encara desafíos más complejos que los de ayer.

El principal reto de las democracias pluralistas ahora es no solo volver a demostrar que su legitimidad de origen y de resultados es superior a la aquéllas que no lo son.

Ahora deben probar que  sus dificultades y limitaciones pueden ser superadas sin sacrificar la forma de vida fundada en sus propios valores opuestos al autoritarismo de cualquier signo.

Esto significa que la justicia no debe ser concretada mediante injusticias y no, por supuesto, al margen o en contra de la Constitución y de la Convención, que equivalen a la civilidad del sentido común.

En particular, las democracias pluralistas de hoy se enfrentan, como ayer lo hicieron con éxito, al reto de erradicar sus propios vicios, a la irrupción y normalización  del populismo radical y, sobre todo, a la recurrente tentación autoritaria.

En México, por lo tanto, la reforma política y electoral que se está perfilando en el horizonte deberá considerar ese tipo de cuestiones a efecto de fortalecer y no de enajenar las garantías de la democracia constitucional que, con todo y sus disfunciones, venimos construyendo.