
Convocan estudiantes de la UTVCO a respaldar protesta de docentes
Punto de quiebre
“Divide y vencerás.”
En el mundo de la mercadotecnia existe un concepto que resulta particularmente útil para entender la política contemporánea: el rebranding. Se trata de un cambio profundo de identidad, imagen o estrategia con el objetivo de reposicionar una marca frente a su público.
Ejemplos sobran. Uno de los más conocidos es el de Facebook, que cambió su nombre corporativo a Meta para proyectar una nueva visión y desvincular la identidad de la empresa de la red social que la hizo famosa. Pero el rebranding solo funciona cuando el cambio de imagen viene acompañado de un cambio de fondo; de lo contrario, el público termina percibiendo que únicamente cambió el empaque.
Esa reflexión viene a propósito del Partido Acción Nacional. En apenas ocho meses, su dirigencia nacional ha realizado tres relanzamientos. Atrás quedó aquella estrategia de regalar iPhones para atraer militantes. Ahora, bajo el liderazgo de Jorge Romero, el partido presentó 111 propuestas que, según afirma, servirán de base para los gobiernos panistas.
Entre ellas destacan la venta de la refinería Dos Bocas para fortalecer las finanzas de Pemex, incentivos fiscales para las energías limpias y medidas encaminadas a impulsar una economía circular. Sin embargo, el contenido de las propuestas ha quedado opacado por un hecho difícil de ignorar: tres relanzamientos en menos de un año.
Tres cambios de estrategia en tan poco tiempo no proyectan renovación; proyectan incertidumbre. Cuando una organización modifica constantemente su narrativa, transmite la impresión de que aún no encuentra una identidad capaz de conectar con el electorado. Más que consolidar un proyecto, parece seguir buscándolo.
Mientras tanto, el escenario político latinoamericano muestra que distintas fuerzas políticas han logrado reorganizarse y recuperar competitividad electoral. La principal lección es que los partidos exitosos no solo cambian de logotipo o de discurso; construyen una narrativa consistente que conecta con las preocupaciones de los ciudadanos.
Las elecciones también son un ejercicio de aritmética. Los votos se suman, pero también se dividen. Y esa diferencia suele definir quién gobierna.
Desde esa perspectiva, la decisión del PAN de competir sin un frente opositor plantea una interrogante estratégica. A la aparición de nuevos partidos nacionales, como Paz y Somos México, se suma el riesgo de fragmentar el voto opositor. Si cada fuerza política compite por separado, el bloque gobernante enfrenta un escenario más favorable que si tuviera enfrente una candidatura unificada.
No hace falta que exista un acuerdo político para producir ese resultado. Basta con que la oposición llegue dividida a las urnas. En política, las consecuencias suelen pesar más que las intenciones.
Quizá el verdadero desafío del PAN no sea presentar un cuarto relanzamiento ni anunciar más propuestas. Su reto consiste en recuperar credibilidad, construir una identidad reconocible y decidir si su prioridad será competir en solitario o contribuir a una oposición capaz de disputar el poder.
Si la oposición mantiene la ruta de la fragmentación, la elección intermedia podría definirse menos por el desgaste político que hoy enfrenta el oficialismo y más por la incapacidad de sus adversarios para construir una alternativa competitiva. A veces, las elecciones no las gana quien más crece, sino quien encuentra enfrente a una oposición dividida. Porque, al final, un rebranding puede cambiar una marca, pero difícilmente cambiará el resultado electoral si no transforma primero el proyecto político que representa.