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En agosto se presentó en Barcelona un nuevo poemario inédito de Mario Santiago Papasquiaro titulado La historia nos absorberá, el cual contó con el prólogo de Virgilio Torres. Mario Santiago fue compañero en la UNAM de mi padre, y en algún momento, como solía hacer, escribió sobre los márgenes de un libro del poeta Orlando Guillén, el cual se conservó en un librero de la casa por años, y ahora da lugar a una obra póstuma, bajo el sello de Ediciones Sin Fin, de quien en Los detectives salvajes de Roberto Bolaño responde al nombre de Ulises Lima.
A Oaxaca han llegado ya las publicaciones de esta editorial independiente, en una presentación realizada en junio de 2023 en el patio de la Casa de la Ciudad y que contó con la exposición de la editora Ana María Chagra, fundadora del proyecto junto con Bruno Montané, amigos de juventud de don Virgilio. Y es que donde quiera que habite un poeta infrarrealista seguramente habrá nuevos lazos, lecturas y abrazos para mantener viva la poesía, el Everest de la literatura, pero también el concierto de una orden mendicante como la definió José Emilio Pacheco al recibir el Premio Cervantes en 2010. Por ahora, el puente literario entre Oaxaca y Barcelona quedó establecido hace un par de años, y confirmado con la visita del poeta y prologuista oaxaqueño a la ciudad española con vibrante vida editorial.
Es fácil perderse en Barcelona, ciudad sorprendente en muchos sentidos, y que mantiene ese aire bohemio que sedujo en su momento a Bolaño, y a otros autores latinoamericanos que por ahí han transcurrido, y seguramente descubrieron los callejones del Barrio Gótico o exploraron las librerías de viejo del Eixample, con cerveza en mano y las ganas de que la noche durara más que el día. El viento del verano distingue a una ciudad cosmopolita que tiene montañas enfrentadas al mar, y encanta con sus colores ocres a un transeúnte nostálgico que lleva la música de Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina en los audífonos.

Vuelvo al valioso y selecto catálogo de publicaciones de Ediciones Sin Fin, y entre los títulos consigo La ciencia de la tristeza (2019) de Darío Galicia, uno de los últimos poetas malditos mexicanos, que vivió hasta el final de sus días en una condición límite, y que en pocas páginas resume el inaudito trayecto de un observador del cielo, que traduce la contemplación cotidiana, incluso la ligada a la tragedia humana, en versos de amor y esperanza atemporal: “hoy he vagado contigo por las calles, y finalmente he comprobado que la luna, es una perla… una esfera blanca abandonada , sobre el plano azul del cielo, un círculo perfecto trazado, por el pulso firme de Picasso”.
Parecerá anecdótico, pero el hecho de convertir las palabras en historias, y las historias en diálogos intergeneracionales es un impulso vital ahí donde la imagen y los dispositivos digitales han conquistado los espacios del razonamiento y el diálogo. Así lo ha entendido la Academia Hablando el Corazón, que desde hace varios años me invitó a compartir con adolescentes un curso de análisis de textos y escritura creativa. Recientemente, en una de mis clases, propuse tres conceptos para que quienes estudian secundaria y preparatoria escribieran una reflexión de su momento de vida. Los conceptos fueron: lluvia, fin de ciclo y autor, siendo autor un comodín para que reseñaran a su escritor o músico favorito. El objetivo era lograr un texto personal y evocativo de su circunstancia personal y la temporada en que más llueve aquí en Oaxaca, así como la inspiración proveniente de lo que les gusta leer o escuchar.
De entre los diferentes trabajos, uno me pareció destacado, y es que dibujó un paisaje al óleo ahí donde solo había cuatro paredes blancas y el silencio incómodo de un sábado al mediodía. Cito a la autora de 14 años: “Los Beatles también lo dijeron en otra de sus canciones: And in the end, the love you take is equal to the love you make, (The End). Al final, lo que queda de cada ciclo, lo que nos llevamos en los días soleados y en los lluviosos, es el amor que dimos y el que recibimos. Eso es lo que realmente ilumina la memoria y le da sentido a la vida. Por eso, vivir el presente es honrar los días soleados mientras los tenemos, y abrazar los días lluviosos como el recuerdo agradecido de los ciclos que ya cumplieron su tiempo. Porque al final, cada cierre y cada inicio son parte de la misma luz, y cada día nos regala la oportunidad de seguir caminando hacia el sol”.

Parecerá quimérico, pero precisamente las ideas quiméricas son las que permiten que sigamos avanzando, a pesar de todo, en tiempos marcados por la estridencia que, a menudo, impide escuchar la voz silenciosa de nuestro interior, una voz que permite el despunte del alba ahí donde antes hubo solo nubarrones. Una voz: verso, rima y música, que ahora cultivamos, con cierta devoción sabatina, entre quienes tendrán que mantener vivas ciertas tradiciones que nos hacen humanos, como la poesía y la escritura, incluso como dar clases presencialmente a cinco años de una pandemia que nos distanció y que no deja de ser una amenaza latente.
Un día es escuchar a tu viejo rodeado de amigos con más de cuarenta años de no verse; percibir las palabras en el aire con salitre, y al otro encontrarte de frente con el armonioso compás de las palabras de tu alumna, que podría ser tu hija, y comprobar que el lenguaje, cuando se transmite en clave de sol, también nos roza la piel; aunque el verano se haya ido y la lluvia limpie cada mañana los nuevos pasos que damos, en Oaxaca o en Barcelona, o en cualquier lugar del mundo.
