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Las recientes designaciones de los coordinadores estatales por la defensa de la Cuarta Transformación en diferentes estados del país muestran lo evidente: posturas contrarias acerca de si la o el elegido para convertirse en candidato/a al gobierno del estado el próximo año es realmente quien se encuentra en el ánimo de la mayoría de ciudadanos que coinciden con la principal fuerza política de México. No obstante estados como Nuevo León, Chihuahua e incluso Quintana Roo presentan resultados atípicos en función de las trayectorias previas, el proselitismo y el respaldo hacia los principales aspirantes derrotados por el mecanismo interno: Tatiana Clouthier, Andrea Chávez y Rafael Marín Mollinedo, respectivamente.
Lo anterior obliga a preguntarse hasta dónde el método de elección de coordinadores se ha consolidado en el tiempo de vida de MORENA como partido político, y hasta dónde se ha convertido en un instrumento polarizante de las aspiraciones internas y que, eso sí, resuelve buena parte de otros factores de votación que nada tienen que ver con la popularidad. Especialmente cuando las disputas a nivel subnacional se han convertido en agenda nacional, como en el caso de Chávez y el respaldo que a su causa dio decididamente el entonces coordinador de los senadores morenistas, Adán Augusto López. Este caso, que escaló con la presunta campaña anticipada de la senadora chihuahuense, a través de recorridos por la entidad que aún gobierna el PAN, es quizá el más notorio de los diferendos entre dos grupos políticos locales, considerando que el otro es encabezado por el alcalde de Ciudad Juárez, y próximo candidato a gobernador, Cruz Pérez Cuéllar.
En los orígenes del fenómeno MORENA, en 2015, y aún antes, en la elección presidencial de 2012, el tema de la encuesta como método de elección ya había causado problemas a la izquierda. En concreto, recordemos que fue Andrés Manual López Obrador quien propuso y promovió el método de elección interna, después de la controversial campaña de 2006 y del resultado electoral más ajustado en la historia de las elecciones competitivas en México. Tal diferencia de votos, 0.56%, que dio por ganador a Felipe Calderón, fue entre otras cosas el motor de dos nuevos procesos políticos: la creación de un movimiento político afín a AMLO mucho más que a las ideas de izquierda que habían convergido a través del PRD y de sus antecedentes en el sistema de partidos, y la segunda: que se viera en la democratización de los procesos de elección interna una manera de legitimar al candidato incluso antes de ir a competir con otras fuerzas políticas.
Cabe recordar la incómoda conferencia de prensa de 2012 en la que el entonces jefe de gobierno de la Ciudad de México, Marcelo Ebrard, declinó sus aspiraciones por AMLO, aún cuando los resultados de dos de las tres encuestas mandadas a hacer para medirlos de frente a la elección presidencial le daban una ventaja a Ebrard. Aquella declinación le valió a Ebrard no ser candidato presidencial, y no lo ha sido hasta ahora, pero le dio una cercanía a los orígenes de MORENA, después de que el gobierno de Miguel Ángel Mancera junto con el federal encabezado por Peña Nieto quisieran procesarlo judicialmente por haber filtrado, a su juicio, información sobre la Casa Blanca del entonces presidente de la República, uno de los dos escándalos con los que cerró su sexenio, el otro lastimosamente fue el de la desaparición de los 43 normalistas en Iguala, Guerrero.
De frente al futuro, cabe preguntarse qué sigue para MORENA si mantiene el método de elección interna que definió su fundador, considerando que los diferendos pueden convertirse en rupturas y quiebres, y todo ello no significa la consolidación del partido dominante, sino su fragmentación, incluso en beneficio de otras opciones políticas como el Partido Verde o el PT, ambos con mayor fuerza electoral que el PRI en la actualidad política de México. Incluso el Verde, con las designaciones de los últimos días, aspira a gobernar no solo San Luis Potosí, sino que podría ampliar su liderazgo y estructura a dos estados más en 2027, Nayarit y Quintana Roo con Jasmine Bugarín y Gino Segura respectivamente.
En el curso de Opinión pública que impartí hace un par de meses en la Universidad La Salle Oaxaca, en el marco de la Maestría en Comunicación Social y Política, analizamos diferentes factores del voto hacia 2027. Entre otros, dedicamos buen tiempo a revisar el efecto de los escándalos en los contextos de voto, y cómo frente a factores de corto y largo plazo del voto, analizados en extenso por autores como Alejandro Moreno y Gustavo Meixueiro en El comportamiento electoral mexicano en las elecciones de 2012, se ha convertido en un factor determinante en la decisión de las y los electores, en buena medida alimentado por la hipermediatización de la política. Así, escándalos específicos de un estado, Tabasco y La Barredora, por ejemplo, asociados a cierto actor político, pueden repercutir en las definiciones en otro estado a cientos de kilómetros, éste fronterizo, y que nada tiene que ver con el pejelagarto y los tamales de chipilín.
No está claro cómo lidiarán los liderazgos reales dentro de MORENA con el debilitamiento del mecanismo electoral que ha definido buena parte de su discurso y vida interna, pero recordemos dos cosas acerca de las encuestas: son fotografías del momento, cuando estadísticamente están bien hechas, y no son representativas del grueso del electorado, pues buscan sobre todo recabar las preferencias de ciudadanos simpatizantes y militantes de la 4T. ¿Dónde quedan los ciudadanos apáticos, los simpatizantes de partidos contrarios al movimiento, y sobre todo los jóvenes que con menos de 29 años evalúan sobre todo perfiles de Instagram y no esloganes partidistas? La respuesta es tan compleja como la vida democrática en un país que ha transitado del régimen de partido hegemónico al multipartidismo y de vuelta al primer estadio en apenas cincuenta años.
*Maestro en Ciencia Política por El Colegio de México.
@bruneitorrres en X