
Transforman Las chinas oaxaqueñas el luto en arte para las comparsas
OAXACA, Oax. 2 de noviembre de 2026.- Miles de velas iluminan cada año el panteón municipal de Santa María Atzompa, donde las familias conservan una de las expresiones más profundas del culto a los muertos en Oaxaca: alumbrar las tumbas de sus seres queridos para acompañar, según sus creencias, el encuentro entre quienes viven y quienes ya partieron.
En esta comunidad zapoteca, conurbada a la capital oaxaqueña, la noche del 31 de octubre tiene un significado especial. Las familias llegan al camposanto con velas y veladoras que colocan sobre las sepulturas, en una costumbre heredada de padres a hijos y de abuelos a nietos.
La celebración, conocida como la alumbrada, convierte al panteón en un espacio de reunión familiar, oración y recuerdos, donde la luz simboliza el camino de las ánimas y la permanencia de los vínculos afectivos más allá de la muerte.

Para doña Francisca López Torres, habitante de Santa María Atzompa, mantener esta costumbre representa también una responsabilidad con las nuevas generaciones.
“Así es porque la tradición es desde que nosotros estábamos niños, así veníamos a alumbrar y esa costumbre nos la pusieron nuestros abuelos, nuestros papás y ahora nosotros con nuestros hijos, nuestros nietos hacemos lo mismo, para que no estemos oscuros nuestra tumba”, comparte.
Su testimonio refleja una manera particular de comprender la memoria: quienes hoy encienden las velas confían en que, cuando llegue su momento de partir, sus descendientes continuarán la misma tradición.
Sin embargo, la creciente presencia de visitantes y la incorporación de actividades relacionadas con el turismo han transformado el ambiente que durante décadas caracterizó esta celebración.
Don Manuel Hernández, también habitante de Atzompa, recuerda que anteriormente el silencio predominaba en el camposanto y permitía a las familias concentrarse en el recuerdo de quienes descansan en las sepulturas.
“Antes, antes, que yo me acuerde, no venían todas las atracciones como hay ahorita”, señala al comparar las celebraciones actuales con las de su infancia.
Para él, la alumbrada representa principalmente un momento de recogimiento, en el que las personas pueden pensar en sus familiares fallecidos y recordar los momentos que compartieron.
“Si uno viene para recordar juntos es para concentrarse, pensar, pero como ya no es así ahora, muchos jóvenes ya lo modernizaron, se puede decir”, expresa.
Don Manuel considera que el ruido y las nuevas dinámicas de la celebración han modificado una experiencia que antes estaba marcada por la quietud y la contemplación.
“Para mí sería estar en silencio, recordando cómo fueron y todo, pero ahorita ya no es así, el mismo ruido ya no lo deja pensar”, lamenta.

La alumbrada de Santa María Atzompa ha adquirido reconocimiento más allá de Oaxaca. Incluso el Museo del Templo Mayor, en la Ciudad de México, retomó esta tradición para una de sus ofrendas de Día de Muertos, destacando su carácter comunitario y la relación de reciprocidad entre las familias y sus difuntos.
El interés por conocer estas manifestaciones culturales ha llevado a un número creciente de visitantes hasta los panteones, donde conviven la curiosidad de quienes llegan por primera vez y el sentido espiritual de las familias que han mantenido viva la costumbre.
En Atzompa, comunidad vinculada históricamente con la cultura zapoteca y el entorno arqueológico de Monte Albán, el culto a los muertos conserva un lugar esencial en la vida colectiva.
Más allá de la espectacularidad de miles de luces encendidas, la tradición tiene un significado que se transmite en el ámbito familiar: recordar a los antepasados y mantener un vínculo simbólico con ellos.
Entre la transformación de las celebraciones y la creciente proyección turística de Oaxaca, las voces de doña Francisca y don Manuel recuerdan que la alumbrada no nació como un espectáculo, sino como una expresión de afecto y memoria.
Porque antes de convertirse en una imagen admirada por los visitantes, las velas de Santa María Atzompa ya iluminaban las tumbas de quienes esperan, año con año, ser recordados por sus familias.