
Localizan sin vida a 2 hermanos desaparecidos en Oaxaca
Hace treinta años el mundo era muy distinto al de hoy. Varias imágenes vienen a la mente, quizá la más común es que los celulares eran una rareza; objetos pesados que servían para lo básico: hablar, con pantallas precarias y mensajería instantánea muy limitada, ni pensar en acceso a internet. Para acceder a internet se requería mucho más que paciencia, era un mundo para unos cuantos que tenían este privilegio en sus casas. Con esa restricción para la mayoría, empezaron a abrirse los café internet, concepto que le sonará ajeno a los adolescentes de esta época. Lugares donde se pagaba por hora el acceso a una computadora de escritorio en la que se podía consultar el correo electrónico o los famosos chats de AOL. Ni hablar de YouTube o las plataformas de video que llegaron años después del 2000.
El fin de semana vi nuevamente “Sexto sentido” a través de una plataforma de streaming, algo inimaginable en los noventa. La película, dirigida por Night Shyamalan, en la que un niño en Filadelfia empieza a tener visiones de personas muertas fue una de las que marcaron el cine de terror de aquella década. Protagonizada por Bruce Willis, más allá de los fantasmas, muestra un mundo completamente distinto al de 2026, donde los padres acuden a ver a sus hijos a recitales escolares para grabarlos con cámaras de video portátiles, la gran innovación del momento; no hay teléfonos inteligentes y las grabaciones que revelan secretos en la trama vienen en formato VHS, las cintas que podían formar una videoteca y que hoy parecen cosa del preclásico. Además de ello, el paisaje urbano de la película muestra lo evidente: automóviles que mis alumnos calificarían de vintage, y una forma de vestir mucho más elegante y holgada que la actual.
“Sexto sentido” es del 99, pero a pesar del tiempo recuerdo muy bien el día que mi mamá me llevó a verla al cinema Versalles de Avenida Juárez, en la ciudad de Oaxaca. En aquella década eran pocos los cines en esta ciudad. Junto al Ariel 2000 y el cine Alameda, el Versalles era donde los niños de hace tres décadas íbamos a ver los estrenos que llegaban de Estados Unidos. Recuerdo haber ido a ver con mi madre también “El Día de la Independencia”, “Impacto profundo”, y “Armageddon”, esta película precisamente un año antes de “Sexto sentido”, y también con Bruce Willis como protagonista, héroe invencible noventero, hoy con un estado de salud muy comprometido debido a la demencia y afasia, que cuando no era el psicólogo perfecto de un niño en problemas era el astronauta que renunciaba a su familia para salvar el planeta. Ese era el mundo de los noventa, con sus fantasmas y apocalipsis intempestivos, que los niños veíamos a través de las pocas pantallas gigantes que había en la ciudad, antes de que llegaran las grandes cadenas con su variedad de salas y cafeterías caras.
En el ámbito político, Bill Clinton había ganado su relección en Estados Unidos, y los tiempos de aparente paz internacional centraban la atención en asuntos más amables. El demócrata ex gobernador de Arkansas había logrado lo imposible, unir en una foto histórica a los líderes de Israel y Palestina, Isaac Rabin y Yaser Arafat respectivamente, que previamente habían firmado los Acuerdos de Oslo. En el ambiente internacional se abría por fin la solución de dos Estados en la región más convulsa del planeta. Treinta años después es evidente que la política fracasó ahí donde el conflicto bélico nos devolvió a une edad oscura, al convertirse en muy poco tiempo en una carnicería, con miles de víctimas inocentes, luego de la escalada que generó Hamas y de la respuesta desproporcionada del régimen de Netanyahu.
Los noventa fueron tiempos de optimismo desbordado, como señala Román González Ferriz en su libro La trampa del optimismo: cómo los años noventa explican el mundo actual, (Debate, 2020). Con la caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS parecía que el consenso internacional en favor de la democracia, bajo el liderazgo de los Estados Unidos, llevaría al sistema internacional por mejores senderos, y que por fin la disputa entre socialismo y capitalismo tendría un punto medio a través de la Tercera Vía, impulsada entre otros por el primer ministro británico Tony Blair y el canciller alemán Gerhard Schröder. No habían llegado los tiempos aciagos del 11 de septiembre de 2001 y la consecuente guerra contra el terrorismo, tampoco la crisis económica internacional y el panorama sombrío para las futuras generaciones, que se encontraron de pronto y en su mayoría frente a un futuro incierto, sin estabilidad laboral, posibilidades de adquirir una propiedad, seguridad social ni proyecciones de retiro digno.
“Earth song” de Michael Jackson se había lanzado a finales de 1995, y consigo había traído dos mensajes: la urgente necesidad de atender la crisis climática y la consolidación del mayor artista de todos los tiempos, que se convertía en portavoz de un mensaje para salvar al planeta. La combinación fue contundente. De este lado del mundo era el momento de mayor brillo de Michael Jackson y en Europa de Oasis y las Spice Girls. Mientras que en México, los niños de primaria escuchábamos a Fey y Sentidos Opuestos; por cierto, también recuerdo a mi madre llevarme a un concierto de la cantante al Auditorio Guelaguetza, un recinto que aún no tenía la velaría que hoy lo cubre, y en el que te podías empapar por ir a ver a tu artista favorito, los pocos que venían a Oaxaca. Por supuesto, los niños noventeros también hacíamos el intento de bailar la Macarena en las fiestas a las que nos llevaban nuestros padres.
En días pasados cumplí años y fue la ocasión para ponderar el momento de vida en el que me encuentro. Precisamente a la mitad del camino de una esperanza de vida que la ciencia y la medicina están logrando posponer, pero con la certeza de que hay cosas que se pierden, épocas que cambian y momentos que uno debe atesorar porque, como se sabe, nunca regresan. En perspectiva, aquella década proyectaba esperanza pero también nos invitaba a reflexionar, como la canción citada líneas arriba:
“I used to dream
I used to glance beyond the stars”.
Nunca es demasiado tarde para recordarlo. Y para dejar de ver en las pantallas y en lo inmediato lo que antes veíamos en el cine, en la vida diaria de la mano de una madre preocupada por disfrutar el tiempo libre con su hijo, en los domingos para escapar de la rutina, en la música y los libros, en la paz mundial. En el optimismo, a pesar de todo.
*Politólogo por la UAM y El Colegio de México.
Profesor en la UNAM ENES Oaxaca.